Tras colgar, Isabela recordó que su intención era devolverle el coche, pero Elías había logrado cambiar el tema.
Miró el llavero en su mano y decidió que esa noche conduciría el auto nuevo hasta la casa de él para dejarlo allá. Al fin y al cabo, eran vecinos.
Con ese plan en mente, regresó al mostrador.
Unos minutos después llegó Álvaro. Como de costumbre, traía un ramo de rosas.
Al entrar, se convirtió en el centro de atención; todos los clientes voltearon a verlo.
Álvaro caminó directo hacia Isabela, le entregó las flores y la miró fijamente con sus ojos oscuros, esbozando una sonrisa.
—Isabela, buenas noches. Son para ti.
—Gracias, están hermosas, me encantan —dijo ella mientras las recibía e inhalaba su aroma.
Los ojos de Álvaro brillaron.
—Me alegra que te gusten.
Se sentaron y él preguntó:
—¿Estás bien por lo del accidente de la tarde?
—Yo estoy bien, el coche fue pérdida total.
—Lo importante es que tú estés a salvo. El coche se repone. ¿Quieres que mañana te acompañe a la agencia a ver uno?
Quería regalarle uno él.
—Gracias, pero no hace falta. Tengo varios en el garaje.
Isabela hizo una pausa y añadió:
—Elías fue a comprarme uno en la tarde. Mira, es ese que está estacionado afuera. No lo quise aceptar, pero tiró las llaves y salió corriendo.
Álvaro arqueó una ceja.
Un grito llegó desde la entrada. Valentina entró hecha una furia.
Caminó hacia ellos con aire de reclamo, intentó agarrar a Álvaro del brazo y soltó:
—Álvaro, ¿qué haces aquí otra vez? ¿Qué tiene de bueno este lugar? El café es horrible y los postres saben a cartón.
—Isabela, ¡te advertí que te alejaras de mi Álvaro! Eres una divorciada, ¿qué derecho tienes de estar con él? Álvaro, no te dejes engañar por su carita de mosca muerta.
—Es una zorra que solo sabe engatusar hombres.
El rostro de Álvaro se oscureció. Se soltó bruscamente del agarre de Valentina, se puso de pie y ordenó con voz helada:
—¡Valentina, pídele una disculpa a Isabela ahora mismo!
Si se atrevía a insultarla así en su cara, no quería ni imaginar lo que decía a sus espaldas.
Isabela no era de las que se dejaban pisotear, pero Álvaro sentía que era su culpa por haberla expuesto a los insultos de esa loca.

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