Elías empujó la puerta y entró.
—Isabela.
Al verla, caminó directo hacia ella.
—Señor Silva, ¿tan desocupado está que no tiene eventos sociales? —preguntó ella con tono frío.
—Estoy muy ocupado, pero me enteré de que chocaste. Por más trabajo que tenga, tenía que venir a ver cómo estabas.
No era de extrañar que él lo supiera; los guardaespaldas que la seguían en secreto los pagaba él.
—Estoy bien —dijo Isabela con indiferencia—. Solo fue el coche, pérdida total. El otro tuvo la culpa.
—Qué bueno que estás bien, lo material va y viene.
Elías puso las llaves del auto nuevo frente a ella.
—Te compré coche nuevo.
Isabela se quedó mirándolo.
—Elías, tengo otros coches en casa, no necesito que me compres nada.
Sobre todo porque ya estaban divorciados. No podía aceptar un regalo tan costoso.
—Olvidas que entre los bienes que te dejé hay varios vehículos. Solo se dañó uno, puedes usar los otros.
Si no estuvieran divorciados, no lo rechazaría. Pero ahora las cosas eran distintas.
Si aceptaba su amabilidad, él se aferraría más a la idea de volver, y ella no quería pasar el resto de su vida en ese ciclo.
—Ya lo compré, acéptalo. Está a tu nombre y aquí dejo las llaves. Me voy.
Temiendo que ella se negara, Elías habló rápido y se dio la vuelta para huir.
Caminó tan rápido que casi corría, aterrado de que Isabela le devolviera las llaves.
Isabela agarró el llavero para regresárselo, pero él, al darse cuenta, salió disparado de la cafetería, cruzó la banqueta y se subió a su coche, donde el chofer arrancó de inmediato.
—Es mi problema, ¿por qué te culparía a ti? Ni muerto te echaría la culpa.
—Es solo que el dolor de estómago es insoportable. La otra vez sudaba frío, tuve que pedirle al médico medicina y tardé dos días en recuperarme.
Isabela guardó silencio un momento antes de decir:
—Ya estás grandecito para no saber cuidar tu cuerpo. ¿A quién quieres dar lástima?
—Deja de desvelarte y come a tus horas. Con unos días de cuidado se te pasa. Mañana dile a Ana que regrese contigo, mi mamá vuelve mañana.
Su madre le cocinaría. Además, sus tíos estaban en casa, ya no estaba sola. Era hora de devolverle a Ana.
Que Ana trabajara para ella había sido solo temporal. Al final del día, era la empleada de confianza de Elías.
—Por ahora no —dijo Elías—. Saldré de viaje un tiempo. Cuando regrese, entonces que vuelva Ana.
Isabela soltó un «mjú» indiferente y colgó sin decir más.

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