Con los que eran mucho más jóvenes que ella, solía asumir el papel de hermana mayor.
Antes de casarse con Rodrigo, cada vez que iba a la mansión de la familia Silva, a los primos de Elías les caía muy bien; la rodeaban y se la pasaban llamándola «Jime» con cariño.
Vicente asintió con la cabeza.
Al ver el termo que traía Jimena, Vicente comentó:
—Todavía no es hora de comer y Jimena ya le trajo algo rico a mi primo.
Jimena colocó el termo sobre el escritorio de Elías y dijo con voz suave:
—Fui a casa de mis papás y prepararon un caldo de res buenísimo, así que les traje un poco para que Elías coma bien.
—Elías, has estado ocupado toda la tarde, seguro tienes hambre. Toma un poco de caldo para engañar al estómago.
—Vicente, tú también toma un poco —le ofreció Jimena.
Vicente se apresuró a responder:
—Es para mi primo, yo paso. Primo, mejor me voy a seguir trabajando.
Diciendo esto, se levantó para irse.
—Vicente, no te vayas, todavía tenemos un pendiente.
Elías detuvo rápidamente a su primo, impidiendo que se fuera.
Si Vicente se iba, quedarían solo él y Jimena en la oficina. Si eso llegaba a oídos de Isabela, volvería a malinterpretarlo y confiaría aún menos en él.
—¿Qué pendiente, primo?
Vicente volvió a sentarse.
Jimena interrumpió a los dos hombres:
—Elías, tomen la sopa primero y luego hablen de trabajo, o se va a enfriar.
—Jimena, hace poco me hice un chequeo y salí alto en ácido úrico. El médico me prohibió el alcohol, los mariscos y también los caldos muy concentrados. Si tomo sopa, el ácido úrico se me va a disparar.
—¿Qué tan alto lo tienes?
—Llegó a más de quinientos. Ahorita estoy controlando la dieta y bajó a cuatrocientos y algo, pero sigue fuera del rango normal. Tengo que seguir cuidándome.
Jimena insistió:
—¿...Ni un poquito de caldo puedes tomar?
—No me atrevo. Si lo tomo, el nivel se dispara. Si no lo controlo, me va a dar gota, y con el tiempo hasta podría terminar en insuficiencia renal. Jimena, de verdad perdóname, pero no puedo tomar lo que me trajiste.
—Que se lo tome Vicente. O mejor, llévaselo a Rodrigo. Él también trabaja mucho, deberías preocuparte más por él.
Jimena se quedó mirando a Elías en silencio por un momento y dijo:
—Elías, me estás mintiendo, ¿verdad? No tienes el ácido úrico alto, simplemente no quieres tomar mi sopa. ¡Estás despreciando mi detalle!
—Antes, cuando te traía algo de comer o beber, te ponías muy contento. Ahora inventas cualquier cosa y buscas excusas para rechazar mi buena voluntad.

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