Mónica le dijo a su madre:
—Mamá, Adrián y yo apenas estamos empezando y tú y la señora Delgado ya se tratan de consuegras.
—Es que ella es un encanto. Cuando me ve, no me baja de "hermana" o "consuegra", no puedo resistirme. Además, estoy encantada con Adrián. Si ellos no nos hacen el feo, ¿por qué me iba a poner yo mis moños? Hay que corresponder a la cortesía.
—Mamá, ¿tan amigas son ya que hasta salen juntas?
Mónica no tenía idea de que las madres de ambos ya se iban de compras.
—¿Tiene algo de malo? Me cae muy bien, platicamos a gusto, como si nos conociéramos de toda la vida. Me dijo que, aunque ustedes no se casen, ella y yo vamos a seguir siendo amigas.
Mónica no supo qué responder.
Sentía que todo el mundo tenía prisa menos ellos.
Aunque en realidad, Adrián también tenía prisa. Él era el más urgido de todos, porque casarse significaba tenerla como esposa. Pero con Mónica no se podía presionar; la muchacha era de cocción lenta.
Adrián estaba aplicando la táctica de conquistarla a fuego lento. Ya se había ganado a toda la familia López y apenas ahora Mónica estaba empezando a aceptarlo como novio.
Isabela le levantó discretamente el pulgar a la señora Torres en señal de aprobación.
La señora Delgado era una dama de la alta sociedad, y el hecho de que tomara la iniciativa para relacionarse con la señora Torres facilitaba mucho las cosas para los jóvenes.
Al menos Mónica no tendría que preocuparse por tener unos suegros que despreciaran a su familia.
La familia López, aunque no tenía la fortuna de los Delgado, no estaba nada mal. Además, el Grupo Torres había crecido muchísimo últimamente gracias al apoyo de Adrián.
Ulises lo había mandado para matarla.
Quería provocar un accidente fatal y deshacerse de Isabela.
Pero el conductor calculó mal, o quizás le tembló la mano a la hora de la verdad. El golpe fue fuerte, pero no mortal. Isabela salió ilesa, aunque su coche quedó destrozado.
Él pensó que con ese impacto, si no la mataba, al menos la dejaría gravemente herida. Jamás imaginó que el coche de Isabela fuera tan seguro; la cajuela y los asientos traseros quedaron hechos acordeón, pero la cabina del conductor protegió a Isabela perfectamente.
Cuando los de tránsito terminaron de levantar el reporte, el chofer llamó a uno de los guardaespaldas de Ulises para avisar que la misión había fracasado.
—Le deshice el carro, pero ella salió sin un rasguño. Tiene una suerte increíble —reportó—.
—La próxima vez tendré que chocarla de frente, así no se salva.

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