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Meta de renacer: O me hago rica, o me hago viuda romance Capítulo 831

Isabela soltó una risa burlona.

—Álvaro no es un objeto de mi propiedad. Es una persona, un ser humano de carne y hueso, con sus propios pensamientos y acciones. A quién ame y con quién decida casarse es total libertad suya.

»Yo no puedo controlar sus decisiones, ni tampoco puedo tratarlo como si fuera mío para andarlo regalando.

»Señorita Valentina, si a ti te gusta, eres libre de ir a buscarlo. Si logras conquistarlo o no, es asunto tuyo; ahí yo no puedo ayudarte.

»Y si fracasas en el intento y no logras casarte con Álvaro, y de verdad te mueres de amor, pues también es tu problema. Sería porque eres demasiado frágil, de las que se aferran y no saben soltar. Si te quieres morir por amor, pues muérete; a mí no me va a doler.

»No voy a cargar con ninguna culpa. Yo no te dije que fueras tras Álvaro, ni te puse un cuchillo en el cuello. Si tú te quieres morir, ¿a mí qué? No voy a cargar con ningún remordimiento.

»Eso sí, si la señorita Valentina se quiere matar por algo así, la verdad me daría lástima por tus papás. No ha de haber sido fácil criarte hasta esta edad para que ahora resultes con que te quieres morir por un hombre.

»Tus papás mejor hubieran parido una piedra antes que tener una hija como tú.

—...¡Me estás insultando! —gritó Valentina.

—No te estoy insultando, te estoy diciendo la verdad.

Valentina golpeó la mesa.

—¡Claro que me estás insultando! ¡Dijiste que mis papás mejor hubieran parido una piedra!

Valentina no dejaba de golpear la mesa, gritando improperios contra Isabela.

Isabela tomó su café, se reclinó en el respaldo de su silla giratoria negra y, con una actitud totalmente relajada, bebió un sorbo despacio. Parecía que estaba viendo una obra de teatro, observando cómo Valentina hacía su berrinche.

Valentina se enfurecía cada vez más, gritando peor y golpeando la mesa con más fuerza.

Hasta que se dio cuenta de que le ardían las palmas de las manos de tanto pegar, y solo entonces se detuvo.

Después de gritar tanto, se le secó la garganta.

No era la primera vez que trataba con Isabela; siendo la mejor amiga de Jimena, conocía a la hijastra de la familia Méndez desde hacía tiempo.

En su memoria, Isabela siempre había sido una mujer tímida, cobarde y fácil de intimidar. Cuando veía a Rodrigo o a Jimena, parecía un ratón viendo a un gato; si podía esconderse, lo hacía, y si no, saludaba en voz baja y salía corriendo.

¿En qué momento Isabela se había vuelto tan dura?

Dejó que la insultara hasta quedarse seca, y ella seguía ahí, tranquila, tomando su café. Esa templanza no la tiene cualquiera.

«La gente cambia», pensó Valentina.

Ahora entendía esa frase viéndola a ella.

La Isabela de ahora la había dejado impresionada.

Con razón Jimena estaba perdiendo terreno frente a ella; Isabela se había vuelto formidable.

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