—Isabela, perdóname... todo fue culpa mía.
—Los que te arrebataron la vida... ya recibieron su castigo frente a la ley.
—Por fin puedes descansar en paz.
Al hablar, los ojos de Elías se llenaron de lágrimas.
Los verdaderos asesinos de Isabela estaban pagando su condena, pero él, quien provocó su muerte de forma indirecta, seguía impune.
Elías vivía ahogado en el remordimiento.
En comparación con el año anterior, había perdido mucho peso.
Soñaba constantemente con Isabela; en los sueños, ella le gritaba que lo odiaba, que si hubiera otra vida, jamás se volvería a casar con él ni se enamoraría de él. Que lo mejor sería no cruzarse nunca más.
Pero él, por el contrario, deseaba una próxima vida para amarla intensamente y que ella fuera la única en su corazón.
—Isabela, lo siento mucho, te fallé. Si existe otra vida, te juro que te valoraré y te amaré solo a ti.
Elías le pedía perdón con la voz entrecortada.
Desde que Isabela falleció, cada vez que la visitaba le suplicaba perdón.
Cuando estaba viva no supo apreciarla, se la pasaba protegiendo a Jimena, rompiéndole el corazón. Isabela lo había amado tanto, pero él terminó destrozándola hasta que ella misma le exigió el divorcio.
Durante la separación, se dejó envenenar por las palabras de Jimena y la dejó en la calle, sin un solo peso.
Jimena le había asegurado que, al hacer eso, Isabela se arrepentiría y volvería rogándole.
Pero ella nunca regresó, y él solo recibió la noticia de su muerte.
Recordando el pasado, las lágrimas de Elías rodaban una por una por sus mejillas. Llorando, murmuró:
—Isabela, me arrepiento... me arrepiento desde el fondo de mi alma. Si pudiera regresar el tiempo a cuando nos casamos, te valoraría de verdad.
—No permitiría que volvieras a sufrir, y no preferiría a Jimena. No tenía idea de que ella era capaz de hacer cosas tan espantosas... Ella ya pagó su precio, la condenaron a muerte.


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