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Meta de renacer: O me hago rica, o me hago viuda romance Capítulo 1015

—Y tu gran lección fue encerrarla un par de días, dejarla sin comer un rato, darle unas cuantas cachetadas y quitarle su dinero para gastos. ¡Ni siquiera le hiciste un rasguño de verdad!

—¡Yo quería que se muriera! Solo muerta volverías a consentirme exclusivamente a mí, como antes.

Elías la miraba atónito.

¡Solo porque defendió un poco a Isabela, ella decidió mandarla al otro mundo!

¡Isabela era su esposa!

La engañó para casarse y jugó con sus sentimientos. Ya de por sí se sentía culpable con ella, y encima, por culpa de Jimena, terminó divorciándose y dejándola en la calle sin un centavo, tal como Jimena se lo pidió.

Jamás imaginó que con eso empujaría a Isabela directo al infierno.

¡Jimena estaba completamente loca!

De repente, recordó cómo Isabela le gritaba llorando cada vez que la regañaba por sus peleas con Jimena. Le decía que estaba ciego, que siempre era parcial, que siempre le creía a Jimena y que se dejaba manipular por ella sin darse cuenta.

Le echaba en cara que, siendo un hombre tan poderoso en los negocios, tenía cero inteligencia emocional en su vida privada, incapaz de ver si las intenciones de Jimena eran buenas o malas.

Le advertía que Jimena no era la mosca muerta que aparentaba ser, que era la mujer más mala y retorcida de todo Nuevo Horizonte.

Y vaya que Isabela tenía razón.

Realmente estuvo ciego; se equivocó por completo con Jimena.

Su favoritismo, esa vieja costumbre de no poder soltar el cariño que le tenía y su insistencia en protegerla, terminó arruinándolas a las dos.

¡Todo fue su culpa!

En realidad, el principal culpable de la muerte de Isabela era él.

Rodrigo entró acompañado por los policías.

Al ver a Elías allí, Rodrigo no se sorprendió en absoluto.

Rodrigo, el esposo de Jimena, fue quien la denunció. Fátima y Elías también tenían capturas de las cámaras de seguridad. Además, alentado por Elías y Rodrigo, el mayordomo de la casa confesó haber visto a Jimena empujar a la señora Méndez por las escaleras.

Agregó que otras dos empleadas también presenciaron todo.

El resto del personal solo se había acercado al escuchar el alboroto tras la caída de la señora.

Pero Jimena creyó que todas lo habían visto.

Por poco y las mandaba a silenciar a todas.

De no ser por el miedo a levantar sospechas con tantas muertes de golpe, Jimena se habría deshecho de ellas enseguida.

Consideraba que las empleadas de la casa eran de su entera confianza, leales a ella, y que, mientras no las perdiera de vista, podría mantenerlas bajo control.

Además, se había encargado de hacerles comentarios sutiles sobre sus familiares.

Amenazándolas entre líneas de que, si se atrevían a abrir la boca, ellas y sus seres queridos pagarían las consecuencias.

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