—¡Elías!
Jimena reaccionó y se aferró a él, aterrorizada:
—Elías, ayúdame, no quiero ir a la cárcel.
Elías miró su rostro pálido y, lentamente, le soltó las manos con delicadeza.
Con el corazón destrozado, dijo:
—Jimena, no puedo salvarte. ¿Cómo pudiste hacer algo así? ¡Es un delito gravísimo!
Tanto él como Rodrigo la habían consentido demasiado.
Hasta el punto de atreverse a quitarle la vida a otras personas.
Y no solo a una, sino a varias.
No es que Elías no quisiera ayudarla, pero en este caso, realmente no había nada que pudiera hacer.
Había asesinado a Isabela y a la señora Méndez.
Solo de pensar en la trágica forma en que murió Isabela, Elías era incapaz de perdonarla; las acciones de Jimena le provocaban un profundo dolor e indignación.
—Fue un arranque de locura, no lo hice a propósito. ¡Elías, tú puedes ayudarme, sé que puedes! Te lo ruego, por nuestros más de treinta años de amistad, sálvame. ¡No quiero terminar en la cárcel!
Cuando Jimena le confesó todo a su esposo, sabía que ya no podía ocultarlo más.
También creía que Rodrigo la amaba profundamente y que encontraría la manera de encubrirla, evitando que la familia Silva descubriera la verdad.
Anoche mismo, Rodrigo le había asegurado que la ayudaría.
Quién iba a pensar que, después de haber estado cariñosos toda la noche, hoy él mismo llamaría a la policía y los llevaría hasta la puerta de su casa para arrestarla.
Jimena jamás se imaginó que su confesión aterraría a Rodrigo. Por muy despiadado que fuera él, nunca se atrevería a cometer asesinatos en serie como ella.
Sobre todo cuando ella insinuó que planeaba silenciar a los empleados de la casa.
Eso asustó a Rodrigo todavía más.
Lo primordial era llamar a la policía.
—¡Eso no fue un accidente! —le reprochó Elías con amargura—: Jimena, esos secuestradores son del bajo mundo, son criminales despiadados que no se detienen ante nada. Detrás de ellos hay toda una organización criminal liderada por Ulises Peña. Ya los investigué y tengo pruebas de sus delitos.
—Tú contactaste a El Cicatrices y les pagaste una fortuna para que secuestraran a Isabela, le desfiguraran el rostro, abusaran de ella y luego la mataran. Fue algo que planeaste durante mucho tiempo.
—¡Querías matarla a toda costa! Jimena, cada vez que Isabela y tú peleaban, casi siempre me ponía de tu lado. ¿Acaso no fue suficiente?
—Incluso me divorcié de Isabela. La dejé en la calle, se quedó sin un solo peso. ¿No fue suficiente?
—¿Por qué tenías que mandarla a matar?
Al ver que Elías se negaba a ayudarla, Jimena estalló en llanto y le gritó:
—¡La odiaba! ¡La odiaba porque te enamoraste de ella! ¡Tú eras mío! ¡Prometiste que siempre me tratarías bien, que aunque no me casara contigo, me cuidarías toda la vida!
—Me di cuenta de que te enamoraste de Isabela. Por fuera decías estar de mi lado, pero en el fondo la salvaste y la sacaste de apuros un montón de veces. ¡Incluso cuando perdí a mi bebé por su culpa y Rodrigo fue a reclamarle, corriste a protegerla diciendo que tú mismo te encargarías de darle una lección!

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