—Desde entonces, empecé a hacerlo a menudo —continuó, bajando la mirada hacia las pequeñas cicatrices en sus dedos—. Luego se volvió una adicción. Cada vez que sentía que iba a explotar por el estrés, buscaba un rincón vacío y usaba el dolor para calmarme. No es un intento de suicidio, nunca me lastimo tanto como para terminar en urgencias. Solo... necesito el dolor para recordar que sigo viva.
Orfeo no dijo nada, así que ella siguió hablando.
—Lo de la adicción al sexo vino después. En la universidad tuve un novio; fue el primero y el único. Cuando terminamos, me dijo que era demasiado dependiente, que no era normal. Después descubrí que, al llegar al clímax, mi mente se quedaba en blanco. Esa sensación era liberadora. Pero no quiero acostarme con desconocidos ni buscar relaciones vacías, así que...
Lo miró de reojo y luego bajó la vista, con la voz cada vez más apagada: —Así que empecé a usar juguetes. Llevo la intensidad al máximo, porque esa mezcla de dolor y clímax es lo único que me tranquiliza.
El silencio reinó en la oficina.
Orfeo golpeaba suavemente el reposabrazos con los dedos.
Emilia no sabía qué estaba pensando. Sentía que acababa de perder el último rastro de dignidad que le quedaba y sus hombros se desplomaron.
Haberle confesado algo tan oscuro al hombre que admiraba significaba que él jamás la vería con buenos ojos.
Pero de todas formas, nunca creyó estar a su altura. No le importaba la vergüenza, siempre y cuando no perdiera el trabajo.
—¿Has intentado dejarlo? —preguntó él.
Emilia asintió: —Sí, Melisa lo sabía. Me recetó medicina, me recomendó hacer ejercicio y meditar. Todo lo intenté. Mi récord fue de dos meses, pero con la carga de este último proyecto, volví a recaer.
Orfeo se levantó y caminó hacia el ventanal, dándole la espalda.
La luz de la luna entraba por el cristal, proyectando su larga sombra justo a los pies de la chica.

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