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Me Divorció por Otra: Me casé con su rival romance Capítulo 8

Las noticias de la noche abrieron con su cara. Sebastián y Valentina estaban sentados en el estudio de la mansión, con una botella de champán abierta entre ellos y la televisión mostrando las imágenes de su entrada triunfal al Hotel Continental. Los titulares eran mejores de lo que habían esperado: "Escándalo financiero sacude al Grupo Mendoza", "La nuera vengadora expone fraude millonario", "De esposa desechada a heroína: la historia de Valentina Duarte".

—Heroína —repitió, incapaz de contener una risa incrédula—. Hace una semana estaba sacudiendo el polvo del escritorio de Rodrigo.

—Hace una semana no eras mi esposa —respondió Sebastián, llenando su copa—. Las cosas cambian rápido en este mundo.

—¿Esto es lo que querías? ¿Desde el principio?

La pregunta llevaba horas formándose. Tal vez desde que la había visto frente a las cámaras y había descubierto que podía sostener una sala sin esconderse detrás del apellido Duarte.

—Porque si me hubieras conocido así —añadió—, si no me hubieras encontrado llorando bajo la lluvia, ¿me habrías hecho la misma propuesta?

Sebastián dejó la botella sobre la mesa.

—No.

La respuesta le dolió antes de que continuara.

—Te habría ofrecido una sociedad. Y probablemente habríamos pasado meses discutiendo quién tenía la última palabra.

—Yo.

—Eso demuestra mi punto.

Se rio. Sebastián también. Fue un sonido extraño en una casa que durante toda la semana había funcionado como cuartel general.

—No quiero que vuelvas a pensar que te hice —dijo después, más serio—. El vestido, el apellido, la plataforma... todo eso puede comprarse. Lo que hiciste hoy no.

Sintió que el aire cambiaba entre ellos.

—¿Y qué hice hoy?

—Entraste a una sala donde intentaban destruirte y conseguiste que todos terminaran escuchándote. Yo solo abrí la puerta.

Él la miró con una expresión pensativa.

—Quería destruir a los Mendoza, sí. Pero no esperaba que tuvieras las armas para hacerlo tú misma. Pensé que tendría que construir el caso desde cero, que llevaría meses o años. —Tomó un sorbo de champán—. Me subestimaste incluso a mí, Valentina.

—¿Yo te subestimé a ti?

—Me ofrecí a darte venganza a cambio de información. Asumí que eras una víctima pasiva que necesitaba ser rescatada. —Sus ojos encontraron los suyos—. No esperaba que fueras capaz de destruirlos tú sola.

El calor subió a sus mejillas, y no era solo por el champán.

—No lo hice sola. Sin tu plataforma, sin tus recursos, esos documentos habrían seguido acumulando polvo en mi nube.

—Pero tuviste la inteligencia de guardarlos. Y el coraje de usarlos. —Se inclinó hacia adelante—. ¿Sabes qué fue lo que más me impresionó hoy?

—¿Qué?

—Cuando le dijiste a doña Carmen que subestimar a la don nadie había sido su error. —Su voz bajó hasta convertirse en algo íntimo, algo que le hizo contener el aliento—. En ese momento, no eras la mujer que casi atropellé bajo la lluvia. Eras alguien completamente diferente. Alguien... magnífico.

La palabra quedó suspendida entre ellos, cargada de un significado que iba más allá del halago profesional.

—Sebastián...

—No. —Él apartó la mirada, y la pared que había dejado caer por un momento volvió a alzarse—. No debí decir eso. La cláusula 27 existe por una razón.

—La cláusula 27 habla de sentimientos románticos —dijo, con una valentía que la sorprendió—. No de reconocer que alguien hizo algo bien.

—Valentina. —Su voz era una advertencia—. No juegues con fuego.

—No soy yo la que puso una cláusula sobre sentimientos en un contrato de matrimonio —respondió.

Sus ojos bajaron a su boca. Esta vez no fue un accidente ni una impresión suya. Lo vio y supo que él sabía que lo había visto.

Sebastián se levantó y caminó hacia el ventanal, con los hombros tensos como cuerdas de violín.

—El rastro digital conduce a un servidor en las Islas Caimán, pero mis técnicos creen que es una cortina de humo. El ataque fue demasiado preciso, demasiado específico. Alguien sabía exactamente dónde buscar.

—Tu tío.

—O los Mendoza. O ambos trabajando juntos. —Se giró para mirarla—. Si ese documento se hace público, todo lo que construimos hoy se derrumba. El matrimonio será anulado, perderé el control de la empresa, y tú...

—Yo volveré a ser la don nadie de siempre.

—No. —Sebastián cruzó la habitación en tres zancadas y tomó su rostro entre sus manos con una intensidad que la dejó sin aliento—. Escúchame bien, Valentina. Pase lo que pase, no voy a dejar que te destruyan. No después de lo que vi hoy. No después de saber de lo que eres capaz.

Sus ojos estaban a centímetros de los suyos, su aliento rozando sus labios, y por un momento terrible y maravilloso pensó que iba a besarla.

Pero entonces su teléfono volvió a sonar, y el momento se rompió como cristal.

—Duarte —contestó, y escuchó una voz al otro lado que no pudo identificar—. ¿Qué quieren? —Una pausa larga—. Entiendo. Diles que tienen una hora para presentar su propuesta. Y Carolina... prepara el protocolo de crisis.

Colgó y la miró con una expresión que mezclaba rabia y algo que podría haber sido admiración reluctante.

—Era Alejandro. Dice que tiene el contrato y está dispuesto a negociar.

—¿Negociar qué?

—No lo sé. Pero vamos a averiguarlo. —Tomó su mano—. Juntos.

Se puso de pie a su lado, con el corazón latiendo en sus oídos y la certeza de que habían ganado una batalla solo para descubrir que la guerra era mucho más grande de lo que imaginaban.

Pero por primera vez en su vida, no enfrentaba la tormenta sola.

Y eso, descubrió, hacía toda la diferencia.

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