La oficina de Sebastián ocupaba el último piso de la torre Duarte, un espacio de cristal y acero que dominaba la ciudad como un trono sobre su reino.
Llegó a las diez en punto, vestida con un traje sastre gris que el equipo de estilistas había dejado en su habitación con una nota que simplemente decía: "Para impresionar". Los guardias de seguridad la escoltaron hasta un ascensor privado, y cuando las puertas se abrieron directamente en su oficina, encontró a Sebastián de pie frente a los ventanales, observando la ciudad con una expresión pensativa que se evaporó en cuanto la vio.
—Puntual —comentó—. Me gusta.
—No tengo el lujo de llegar tarde —respondió, caminando hacia el escritorio donde un documento grueso esperaba junto a dos plumas de aspecto carísimo—. ¿Este es el contrato?
—Cuarenta y tres páginas. Mi equipo legal trabajó toda la noche.
Se sentó frente al escritorio y comenzó a leer, sintiendo su mirada sobre ella mientras pasaba cada página. El contrato era exhaustivo: detalles sobre la convivencia, las apariciones públicas, las cláusulas de confidencialidad, el dinero que recibiría mensualmente, las propiedades a las que tendría acceso.
Y entonces llegó a la cláusula 27.
—"En caso de que cualquiera de las partes desarrolle sentimientos románticos genuinos, el contrato quedará inmediatamente anulado" —leyó en voz alta, levantando la vista—. ¿Qué significa esto?
Sebastián se acercó al escritorio y se sentó frente a ella, con las manos cruzadas sobre la superficie pulida.
—Significa exactamente lo que dice. Este es un acuerdo de negocios, Valentina. El momento en que deje de serlo, termina.
—¿Y cómo se determina eso? ¿Hay algún detector de sentimientos que no vi en el edificio?
—Si existiera, Alejandro ya habría comprado la patente —respondió.
La sonrisa se le escapó antes de poder impedirlo. Fue pequeña, pero Sebastián la vio. Durante un segundo la oficina dejó de sentirse como una sala de negociación y él dejó de parecer el hombre que podía comprar edificios enteros sin pestañear.
—No te rías —dijo, aunque había una sombra de humor en su voz—. Es la cláusula más seria del contrato.
—Eso la hace peor. ¿Qué pasa si tú decides que yo siento algo y yo digo que no?
—No voy a decidir por ti lo que sientes.
La respuesta llegó demasiado rápido para ser cortesía.
—¿Y si yo decido que tú sientes algo?
Esta vez sí tardó.
—Entonces tendremos un problema mucho más interesante que los Mendoza.
Algo brilló en sus ojos, quizás diversión, quizás advertencia.
—Es una cláusula de protección mutua. He visto demasiados acuerdos como este terminar en desastre porque alguien confundió la conveniencia con el amor.
—Hablas como si tuvieras experiencia.
El silencio que siguió duró un segundo más de lo cómodo, y vio algo cerrarse detrás de sus ojos, una puerta que se clausuraba antes de que pudiera asomarse.
—Tengo experiencia en muchas cosas —dijo finalmente—. Por eso sé que el amor es una debilidad que no podemos permitirnos. No ahora.
Quiso preguntar más, quiso entender qué había pasado para que un hombre así construyera muros tan altos, pero algo le dijo que no era el momento.
Siguió leyendo.
La cláusula 31 le hizo detenerse de nuevo.
—"Ambas partes dormirán en la misma habitación durante eventos públicos y visitas familiares para mantener la apariencia del matrimonio" —leyó—. ¿Cuántas visitas familiares planeas exactamente?
—Las necesarias para convencer a la junta directiva de que el matrimonio es real. Mi tío Alejandro sospecha de todo, y tiene suficiente poder para bloquear la transferencia de acciones si cree que esto es un fraude.
—¿Tu tío?
—El hermano menor de mi padre. Lleva veinte años esperando que yo fracase para quedarse con la empresa. —Sebastián se levantó y caminó hacia los ventanales, dándole la espalda—. Cuando mi padre murió, Alejandro intentó declararme incompetente para heredar. Tenía quince años y estaba destrozado, fue fácil para él convencer a la mitad de la junta de que un adolescente no podía dirigir un imperio.
—¿Qué pasó?
—Mi abuelo intervino. Modificó su testamento para protegerme, pero añadió condiciones que Alejandro pudiera aceptar: debía casarme antes de los 35 para demostrar estabilidad, tener un heredero antes de los 40, y mantener la empresa rentable durante cinco años consecutivos.
Se levantó y caminó hacia él, deteniéndose a su lado frente a los ventanales. La ciudad se extendía bajo ellos, millones de vidas diminutas ajenas a los juegos de poder que se libraban en las alturas.
—¿Por qué me cuentas esto? —preguntó.
—Porque si vamos a hacer esto juntos, necesitas saber contra qué estamos luchando. —Se giró para mirarla, y la cercanía fue repentinamente abrumadora, su colonia llenando el aire entre ellos—. Los Mendoza son un enemigo. Mi tío es otro. Y hay personas dentro de mi propia empresa que preferirían verme muerto antes que exitoso.
—Suena a que tu vida es un campo de batalla.
—Lo es. Y ahora es el tuyo también.
Regresó al escritorio, pero no tomó la pluma.
—Quiero que un abogado mío revise esto antes de que firme.
Un hombre entró sin ser anunciado, un hombre de unos cincuenta años con el cabello canoso y una expresión de desprecio tan intensa que casi podía tocarse. Llevaba un traje que rivalizaba con el de Sebastián, y detrás de él venían dos guardias de seguridad que parecían tan sorprendidos como Valentina.
—Sebastián —dijo el hombre, ignorándola por completo—. Me llegó un rumor muy interesante sobre una boda. Espero que sea mentira.
Sebastián se tensó a su lado, y por primera vez desde que lo conocía, vio algo parecido al odio puro cruzar su expresión.
—Tío Alejandro —dijo, con una voz que podría cortar diamantes—. Qué desagradable sorpresa.
Los ojos de Alejandro finalmente se posaron en ella, recorriéndola de arriba abajo con un desprecio que le recordó dolorosamente a doña Carmen.
—¿Y esta quién es? ¿Tu última distracción?
—Esta —respondió, antes de que Sebastián pudiera hablar— es tu futura sobrina política. Y te sugiero que empieces a tratarla con más respeto.
El silencio que siguió fue denso como plomo, y vio algo nuevo brillar en los ojos de Alejandro: no sorpresa ni rabia, sino cálculo. El tipo de cálculo que hacen los depredadores antes de atacar.
—Interesante —murmuró, con una sonrisa que no contenía nada de humor—. Muy interesante. Parece que esta boda va a ser más entretenida de lo que pensaba.
Se dio vuelta y salió sin despedirse, y cuando la puerta se cerró, Sebastián soltó un suspiro que parecía cargar años de tensión.
—Ahora lo sabes —dijo—. Este es el enemigo interno.
—Parece encantador.
—Es peligroso. Y ahora que te ha visto, va a investigar todo sobre ti. —Se acercó a ella, tan cerca que podía ver las motas doradas en sus ojos oscuros—. ¿Hay algo en tu pasado que pueda usar en tu contra?
Pensó en diez años de matrimonio gris, en secretos que había guardado por vergüenza, en cosas que ni siquiera Rodrigo sabía.
—Todos tenemos secretos —respondió.
—Entonces será mejor que me cuentes los tuyos antes de que él los encuentre.
La miró esperando una respuesta, y Valentina se preguntó cuánta verdad estaba dispuesta a compartir con un hombre que todavía era prácticamente un desconocido.
Un hombre con el que se casaría mañana.
Un hombre que tenía sus propios secretos, secretos que todavía no estaba dispuesto a revelar.
Y en algún lugar de la ciudad, dos enemigos distintos planeaban su destrucción.

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