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Me Casé con el que Pagó Mi Venganza romance Capítulo 781

Sebastián asintió con la cabeza y miró a Magdalena. La vio de pie en la esquina, con su rostro tranquilo tan pálido como el papel.

De repente se acercó, acorralándola en aquel espacio estrecho. Su voz sonó grave, profunda y cargada de malicia:

—Magdalena, la relación entre tú y Renato es realmente envidiable. Hasta te lleva al trabajo con él. Es para morirse de celos.

Magdalena todavía se arrepentía de haber salido de su oficina, donde debió haberse quedado tranquila. Cuando se dio cuenta, una sombra oscura la cubría; no supo en qué momento Sebastián se había acercado tanto.

Miró hacia Yahir, pero él estaba parado junto a la puerta del ascensor, dándoles la espalda, ignorando por completo lo que sucedía en ese rincón.

Dejó escapar un suspiro interno. Yahir era el hombre de Sebastián; esperar que la rescatara era una absoluta pérdida de tiempo. Frunció levemente el ceño.

—Estamos en un lugar público, y dentro de la empresa de la familia Jiménez. Por favor, compórtate.

Sebastián se inclinó de repente y le robó un beso en la mejilla. Fue tan rápido que ella no pudo evitarlo. Lo fulminó con la mirada, llena de rabia, mientras él sonreía con un encanto perverso.

—¿Y qué pasa si no me comporto?

Magdalena levantó el pie y le dio una patada en la pierna izquierda, pero Sebastián estaba alerta. Se hizo a un lado con agilidad para esquivarla y levantó una ceja en tono de burla.

Magdalena se frotó la mejilla con fuerza usando el dorso de la mano y lo miró con frialdad, dejando las cosas claras.

—Si te he tolerado todo este tiempo, es solo porque eres el hermano de mi esposo. Si vuelves a propasarte, ni yo misma sé de lo que seré capaz.

Lejos de sentirse intimidado por su amenaza, Sebastián pareció aún más intrigado. La observó con calma, cruzándose de brazos y apoyándose contra la pared del ascensor.

—¿Ah, sí? Ya quiero verlo.

Magdalena respiró hondo. Renato le había dicho que, debido a la lesión en su pierna, Sebastián había crecido con una oscuridad en su corazón.

Y desde que lo conocía, había descubierto algo: cuanto más asustada y alterada te mostrabas, más se emocionaba él.

Al darse cuenta de esto, reprimió la ira que sentía y se fue calmando poco a poco. Luego lo miró con frialdad.

—Lo de tu pierna no tiene nada que ver con tu hermano.

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