Al bajar del auto, ambos subieron los escalones. Olga y los demás los saludaron con un "Señor, señora Magdalena", y los acompañaron a la sala.
Aunque los empleados de la casa principal trataban bien a Magdalena y eran amables, ver a Olga le hizo sentir una calidez especial.
Al entrar a la sala, Olga les sirvió agua y preguntó con una sonrisa:
—Señora Magdalena, ¿pudo acostumbrarse a la casa principal?
Magdalena acarició su abultado vientre y respondió con una ligera sonrisa:
—Estuvo bien, aunque hay demasiadas reglas.
Olga se quedó de pie a un lado y sonrió amablemente:
—Sin reglas no hay orden. Las costumbres de la casa principal vienen de generaciones pasadas.
Magdalena tomó el control remoto para encender la televisión, pero Renato la detuvo y le recordó:
—Ya es muy tarde.
Ella miró el reloj de pared estilo europeo; ya eran las once, en efecto, era tarde. Se cubrió la boca para bostezar y ambos se fueron a su habitación a descansar.
Al mediodía del día siguiente, apenas Magdalena llegó al hospital, fue rodeada por un grupo de reporteros. Los flashes no paraban y las preguntas caían una tras otra.
Los temas giraban en torno a sus visitas consecutivas al hospital: si venía a ver a Lázaro Guzmán, si el hijo que esperaba era de él, y si el matrimonio entre Lázaro y Fátima había terminado porque ella se interpuso.
Todo fue demasiado repentino. Se quedó paralizada; las luces de las cámaras la cegaban y su mente se quedó en blanco.
No muy lejos de la multitud, en un Bentley, Sebastián observaba a Magdalena rodeada por los reporteros. Habló con voz arrastrada:
—¿Cuándo crees que llegue mi hermano? ¿Crees que llegue a tiempo?
Yahir, desde el asiento del conductor, respondió:
—Si no hay tráfico, desde la empresa hasta el hospital son unos cuarenta minutos. No creo que llegue a tiempo.

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