Llorando a mares, Rita suplicó con dolor y desesperación.
—Es mi única hija. No puedo verla pasar el resto de su vida metida en ese lugar. Te lo ruego, por favor, ¿sí?
—Lo siento —respondió Magdalena, sin inmutarse.
Rita se quedó sin palabras y sintió un peso en el corazón. La mirada indiferente de la joven guardaba un gran parecido a la de Renato; un simple vistazo bastaba para congelar la sangre. Todo lo que pudiera añadir ya carecía de sentido.
—Perdón por molestarte —dijo Rita en voz muy baja, ahogada en llanto.
Magdalena se quedó en silencio, viéndola darse la vuelta. Caminaba despacio, arrastrando los pies como una anciana; su sombra ladeada se alargaba en el piso brillante hasta que desapareció al final del pasillo.
Una punzada de emoción se apoderó de su pecho. Acarició su vientre abultado; prometiéndose a sí misma que educaría bien a su bebé para que nunca se desviara por el mal camino ni adquiriera malas costumbres.
Entró a la habitación. Lázaro estaba recostado leyendo una revista financiera. Al escuchar la puerta abrirse, ni siquiera levantó la mirada y dijo con calma.
—Creí que ya no ibas a regresar.
Magdalena se acercó y dejó el termo en la mesa.
—Me encontré con alguien que conocía y nos pusimos a platicar, por eso tardé.
Lázaro levantó la vista y volvió a hundirla en la revista. Ambos evitaron hablar de lo sucedido hacía un momento, para ahorrarse un rato de incomodidad.
Magdalena le sirvió un poco de agua fresca. Al darle el vaso, le quitó de paso la revista.
—Acabas de mostrar un poco de mejora. El doctor recomendó mucho reposo, así que en cuanto tomes agua acuéstate a descansar.
Por la tarde, cuando Verónica llegó para cuidar a Lázaro, Magdalena salió temprano del hospital. Le había dicho a su chofer que la recogiera a las cinco, pero como aún faltaba para esa hora, tuvo que pedir un taxi.
Mientras esperaba en la calle, un Bentley se detuvo frente a ella. La ventana bajó y apareció el atractivo y letal rostro de Sebastián Jiménez.
—Magdalena, ¿vas de regreso? Te llevo.
Ella hizo oídos sordos y siguió esperando el taxi, pero ese día el tráfico parecía imposible y ningún carro libre se acercaba.
Sebastián no movió su auto y se la quedó viendo de brazos cruzados. Media hora después, al notar que ella se desesperaba, le preguntó con calma.
—¿Vienes o no? Si no, yo ya me voy.
Magdalena se mordió los labios, rodeó el auto y se subió por el otro lado. Era la esposa de su hermano y estaba embarazada, ¿qué le iba a hacer?

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