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Me Casé con el que Pagó Mi Venganza romance Capítulo 382

Cada mes entraba una suma de dinero a la tarjeta bancaria, lo cual despertó sospechas en Magdalena Sarmiento, así que fue al banco a pedir un estado de cuenta detallado.

Al ver que el remitente era "Fátima Sarmiento", sintió un profundo amargor en el corazón.

¿Acaso le estaba dando dinero para compensarla por haberle robado al hombre que amaba?

En esa época sentía un fuerte resentimiento hacia Fátima, por lo que rompió la tarjeta por la mitad y la tiró a la basura.

...

Los médicos y pacientes que pasaban por el pasillo miraban con extrañeza al hombre que estaba parado fuera de la habitación. Su figura era esbelta y elegante, pero a la vez desprendía una abrumadora soledad.

Todos suponían que la persona ingresada debía ser muy importante para él.

Mucho tiempo después, Lázaro comenzó a caminar. Al ver a un hombre sentado en la banca revolviéndose el cabello sin parar, detuvo un poco sus pasos.

—Eres tú —dijo.

Santiago levantó la cabeza.

—Señor Guzmán.

Se había quedado esperando afuera desde que salió de la habitación. Sabía que si él no hubiera animado a Magdalena a ir al santuario, nada de esto habría pasado. Sentía la necesidad de esperar a que ella despertara para poder estar tranquilo.

Lázaro lo examinó con la mirada. Tenía el cabello completamente despeinado y los pantalones manchados de barro. Asumiendo que también había estado en el lugar del accidente, le preguntó:

—¿Qué pasó exactamente?

Santiago le relató a grandes rasgos cómo habían sucedido las cosas. Lázaro se quedó atónito al escucharlo, especialmente al oír la frase: "El Señor Jiménez ignoró los deslaves y corrió montaña arriba para salvarla". Sintió una mezcla de alivio y tristeza.

Alivio de que su Magda estuviera a salvo.

Tristeza porque, de ahora en adelante, ella ya no lo necesitaría. Habría otro hombre para protegerla, amarla y cuidarla.

Ese hombre ocuparía su lugar poco a poco, arrebatándole absolutamente todo.

...

Cuando Magdalena despertó ya era medianoche. Instintivamente buscó la figura de Renato Jiménez.

Pero si fuera solo una lesión leve, no tendría ninguna necesidad de usar una silla de ruedas. Magdalena dedujo que debía ser bastante grave.

En una situación tan peligrosa, él podría haber enviado a cualquiera a rescatarla. No había necesidad de que subiera personalmente a buscarla.

Siendo un hombre tan astuto y calculador, ¿cómo había cometido una tontería así?

Al verla decaída y en silencio, Renato suspiró suavemente:

—Estoy bien, es solo que las enfermeras exageraron un poco con las vendas.

Ella levantó las pestañas para mirarlo y movió sus labios resecos:

—En realidad... no tenías que arriesgarte y subir a la montaña a buscarme. Era muy peligroso.

La cálida luz iluminaba el rostro de él, suavizando sus facciones usualmente frías. Al escuchar sus palabras, Renato frunció levemente el ceño:

—No digas tonterías. No iba a dejar tu seguridad en manos de otros.

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