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Matrimonio por error: Mi esposo es un CEO malandro romance Capítulo 232

La noche era profunda. Las farolas del complejo residencial arrojaban tenues círculos de luz sobre el asfalto, revelando la fina llovizna que caía sin cesar. De vez en cuando, algún vecino volvía tarde a casa, cubriéndose con un paraguas y salpicando agua al caminar.

Lucio salió del ascensor sosteniendo la caja del pastel e ingresó el código en la puerta.

Se escuchó un clic sordo.

Entró. El aire cálido del interior disipó al instante el frío húmedo de la calle. Una lámpara de pie junto al sofá proyectaba una luz cálida, similar a la del atardecer, bañando la figura de la joven que se había quedado dormida en el sofá, envuelta en una cobija.

Esos hermosos ojos que siempre lo miraban con atención ahora estaban cerrados, con sus largas y espesas pestañas descansando sobre su piel radiante.

El sonido de sus pasos al entrar la despertó.

Úrsula se frotó los ojos y se enderezó. La cobija de cachemira resbaló hasta caer al suelo.

Se inclinó para recogerla, pero una mano grande y firme se le adelantó.

Lucio dejó la cobija sobre el sofá, se quitó el abrigo y lo colgó cerca de la entrada.

—Dejé el pastel en la mesa. Aquí lo tienes.

Úrsula asintió suavemente.

—Gracias.

Fue a lavarse la cara para despejarse y, al salir del baño, tomó su teléfono y le sacó una foto al pastel para mandársela a Yara Herrera.

Lucio giró la cabeza y la observó por un instante.

Él no terminaba de entender las amistades entre mujeres, pero notó la leve sonrisa en el rostro de Úrsula mientras mantenía presionado el botón para enviar una nota de voz a su amiga. Luego, colocó las velitas en el pastel y las encendió.

Lucio levantó la mano y apagó la luz.

La sala quedó a oscuras de inmediato.

La única iluminación provenía de la suave llama de las velas. A través de ese resplandor, se podía distinguir la figura de Úrsula, con las manos juntas, pidiendo un deseo con devoción.

Dudó un momento antes de hablarle con suavidad.

—Come un poco, no quiero que se desperdicie.

El pastel no era muy grande, pero era imposible que ella se lo terminara sola.

Su tono ya no era el mismo de esa mañana, cuando le dio miedo que le quitara su sándwich del desayuno.

Lucio hizo a un lado sus pensamientos y esbozó su habitual sonrisa despreocupada.

—Claro, como no puedes terminártelo, ahora sí te acuerdas de mí.

Se acercó a paso lento, tomó asiento y, para no hacerle el feo, agarró un tenedor y probó la porción que le habían servido.

Todos los postres le sabían igual, así que no le encontró nada especial.

En la sala flotaba el delicado aroma del incienso. Cuando el hombre se sentó, traía consigo el frío de la calle y, además, un rastro casi imperceptible de olor a sangre.

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