El resentimiento y la toxicidad en sus ojos estaban a punto de desbordarse, ya no podía ocultarlos.
Lucio Silva lo agarró de la cabeza.
—¿Tuviste el descaro de robar mi vida y vivir rodeado de lujos todos estos años, y crees que tienes derecho a decir eso? Ya fui demasiado benevolente al no haberte matado en ese accidente.
Mateo Silva se vio obligado a levantar la cabeza. Su rostro, antes apuesto y amable, ahora estaba demacrado y hundido, revelando sin tapujos una expresión amargada y cruel.
—¿Y qué si la robé? ¡Fue tu mala suerte, te lo mereces! —escupió—. Gonzalo Silva debe estar arrepintiéndose en el infierno. ¿De qué le sirvió reconocerte y traerte de vuelta a la familia? Terminó muriendo antes de tiempo. Cualquiera que no sepa la verdad creería que fue un gran padre, apurándose a meterse en la tumba para dejarle el lugar a su heredero.
Lucio soltó una risa sarcástica.
—Vaya, qué empático eres. Ahora resulta que te da lástima.
A lo lejos, las luces brillantes de un auto pasaron como un relámpago.
Tomás llegó conduciendo con varios hombres. Apenas bajó del vehículo, se adelantó para recibir de manos de Lucio a un Mateo que estaba a medio morir, manteniéndolo vigilado.
Mateo levantó la cabeza y rugió con furia hacia el hombre que lo había dejado sin nada:
—Nadie tiene buena suerte para siempre. ¡Tarde o temprano, vas a pagar por esto!
Lucio sacó lentamente un pañuelo del bolsillo de su saco, se limpió las manos y se lo arrojó a la cara a Mateo.
—¿Ah, sí? Aquí estaré esperando.
Su tono indiferente destilaba un profundo desprecio y una humillación total hacia Mateo.
Mateo forcejeó para levantarse, pero dos hombres a su lado lo mantuvieron inmovilizado.
Lucio levantó la mano.
—¿Y el paquete?
Tomás parpadeó, volviendo en sí.
—Oh, claro, sí. Aquí lo tengo.
Sacó una cajita cuadrada y se la entregó a Lucio.
Lucio la abrió y echó un vistazo.
Dos anillos de boda, de diseño sencillo pero elegante, descansaban en su interior. Parecían completamente fuera de lugar en aquel lúgubre estacionamiento subterráneo.
Levantó una ceja y, bastante satisfecho, guardó la caja en su bolsillo.
—Sabía que me estabas atrayendo a una trampa —se burló Mateo—. Lo que no imaginaba es que ella fuera tan importante para ti, tanto como para arriesgarte y provocarme en persona.
Originalmente, su objetivo era Úrsula Valdés; si iba a morir, quería llevarse a alguien por delante. Pero no encontró el momento adecuado, y en su lugar, apareció a solas el hombre que le había arrebatado absolutamente todo.
Mateo sabía que sus probabilidades de ganar eran casi nulas, pero su odio por Lucio era tan profundo que decidió jugársela.
Al fin y al cabo, ni Lucio ni Úrsula habían sido justos con él.
Lucio lo miró de reojo y lo examinó de arriba a abajo con un gesto despectivo.
—¿Arriesgarme? ¿Cuál es el riesgo? ¿Un lisiado como tú?
—Tú...
Los músculos del rostro de Mateo se crisparon y escupió con rabia:
—¡Ustedes dos son un par de víboras! Ahora que la familia Silva está en sus manos, te has vuelto muy generoso. Le entregaste la mitad del imperio. ¡Seguro que a tu querido padre se lo están comiendo los demonios en el infierno al ver lo que has hecho!
—¿Un par de víboras? —Lucio captó esas palabras y una sonrisa perezosa se dibujó en sus labios—. Dejando de lado el registro civil, eres la primera persona en todo este tiempo que nos describe a ella y a mí como un verdadero equipo.
A pesar de que no eran exactamente las palabras más bonitas.
Mateo, al verlo con esa actitud tan odiosa, deseó poder despedazarlo con sus propias manos.
—¡Te lo advierto! Por lo que conozco a Úrsula, ¡jamás se enamoraría de alguien como tú!
El eco de su grito tardó un buen rato en disiparse en el estacionamiento.
La sonrisa de Lucio se desvaneció poco a poco. Se puso en cuclillas, mirándolo con total indiferencia.
—¿Y tú crees que eso me importa?
Mateo le sostuvo la mirada.
—¿Sigues en la calle? ¿Me podrías hacer un favor?
La voz suave de la joven resonó por el auricular.
Lucio bajó la vista lentamente.
Un destello plateado brilló bajo la tenue luz. Una pequeña navaja plegable estaba hundida en su brazo.
Plic, plic.
El sonido de la sangre goteando contra el suelo se mezcló con el ruido de la lluvia.
Mateo, que parecía haberse rendido, había reunido sus últimas fuerzas para liberarse. Sacó una navaja que tenía escondida y se la clavó a Lucio con toda la furia que le quedaba.
En cuestión de un segundo, los hombres de Lucio volvieron a someterlo contra el piso.
Esta vez, Mateo ya no podría levantarse, pero su rostro mostraba una expresión de triunfo desquiciado. Abrió la boca, dispuesto a decir algo.
Lucio les hizo una seña, y uno de los hombres le tapó la boca de inmediato.
Tomás miró con horror la navaja clavada profundamente en la carne.
—Lucho...
Lucio se llevó el dedo índice a los labios, pidiendo silencio.
Tomás se calló de golpe y se alejó un poco para llamar a asistencia médica.
Lucio mantuvo un semblante tranquilo. Sin que su voz reflejara la más mínima alteración, le respondió a Úrsula:
—¿Qué favor necesitas?
—Yara me compró un pastel —dijo Úrsula en voz baja—, pero no tienen entrega a domicilio. Si sigues en la calle, ¿podrías pasar a buscarlo?
Como él se había llevado el auto y tenía las llaves, a Úrsula no le quedó más remedio que llamarlo.
La sangre tibia escurría por su brazo, empapando rápidamente la mitad de su manga.
—Entendido. Mándame la dirección —respondió Lucio.

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