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Matrimonio por error: Mi esposo es un CEO malandro romance Capítulo 140

El sol se ocultó y el cielo pasó lentamente de un tono anaranjado a un azul oscuro.

La noche había caído.

Las noches en Puerto Brisa no eran tan sofocantes como en Nueva Alborada.

En la zona de espera el aire acondicionado estaba encendido a toda potencia. Las integrantes del grupo de danza estaban agrupadas de a dos o tres, charlando en voz baja.

Afuera, en el escenario, los números comenzaron a presentarse según el programa. La música, los aplausos y la voz del presentador llegaban con claridad hasta los camerinos.

El número de danza clásica del grupo estaba programado para el final.

De vez en cuando, aprovechando los cambios de escenario, Elena se asomaba para echar un vistazo.

La primera fila del área de espectadores, reservada exclusivamente para los altos mandos del ayuntamiento, estaba medio vacía; solo había unas cuantas personas sentadas.

Elena regresó a la zona de espera y les dijo a las chicas:

—Parece que no todos los funcionarios vinieron, así que no se pongan nerviosas. Bailen como siempre lo hacen.

Las demás respondieron con una sonrisa, agitando las manos:

—Cero nervios, cero nervios.

Elena sonrió, bromeó un poco con ellas y luego se acercó a Úrsula.

Úrsula estaba con la cabeza gacha, inmersa en sus pensamientos.

Elena se acercó, le dio un par de palmaditas en el hombro y la animó:

—¡Da tu máximo esfuerzo! Hoy es el día para que te despidas del escenario con broche de oro.

Úrsula levantó lentamente la mirada y le sonrió con los ojos brillando de emoción:

—¡Recibido!

Las dos se quedaron de pie, hombro con hombro.

El tiempo transcurrió sin prisa.

Poco después, el número anterior terminó. En medio de un mar de aplausos, la voz del presentador retumbó en los altavoces:

—Y a continuación, nuestro siguiente acto...

Elena miró a las chicas en la zona de espera y dijo:

—Andando, es nuestro turno.

Al llegar el momento de subir al escenario, todas ya estaban más que listas.

Úrsula se colocó en posición junto a las demás y respiró hondo.

Mientras tanto, en otro lado.

El alcalde Zacarías de Puerto Brisa acababa de salir de su oficina acompañando a su invitado de honor.

Pero de pronto escuchó al alcalde Zacarías decir, mientras miraba la transmisión en el teléfono:

—Mire usted, aquí participa un grupo de danza que viene de Nueva Alborada, igual que usted.

Las palabras de rechazo se quedaron atascadas en la garganta de Lucio. Quién sabe qué recuerdo cruzó por su mente, porque de pronto preguntó:

—¿Vienen desde Nueva Alborada?

El alcalde Zacarías asintió enérgicamente:

—Así es.

Mientras lo decía, le extendió el teléfono para que lo viera:

—Mire, las que van a salir ahora son ellas.

La mirada de Lucio recorrió la pequeña pantalla.

Por el tamaño del dispositivo y la toma general, todas las bailarinas que estaban a punto de presentarse llevaban trajes idénticos y, a simple vista, era imposible distinguirlas.

Pero, sin embargo, los ojos del hombre se clavaron en la pantalla.

Al ver su reacción, el alcalde Zacarías sintió que había acertado y preguntó entusiasmado:

—¿Qué dice? ¿Vamos a verlas?

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