Alrededor de las diez de la noche, justo cuando Úrsula estaba a punto de dormirse.
De repente, entró una llamada.
El tono del teléfono resonó de golpe en la silenciosa habitación.
Al ver el nombre en la pantalla, Úrsula se quedó un poco sorprendida.
Presionó el botón para contestar:
—Hola...
—¿Otra vez fuera de casa? —se escuchó la voz ronca y relajada desde el auricular.
Ese "otra vez" estaba cargado de mucha ironía.
A decir verdad, esta era la primera vez que Úrsula salía de Nueva Alborada desde que se habían casado.
Se acomodó de lado entre las sábanas, puso el teléfono en altavoz y lo dejó a un lado:
—¿No dijiste que te ibas de viaje de negocios? ¿Cómo sabes que no estoy en casa?
Úrsula recordaba perfectamente que él estaba muy ocupado esos días y le había comentado que saldría de la ciudad. Como daba la casualidad de que ninguno de los dos iba a estar en la Mansión Poniente, Úrsula no vio la necesidad de avisarle de su viaje.
No esperaba que él se diera cuenta.
En ese instante, Lucio estaba de pie en la inmensa habitación principal de su casa. Caminando lentamente hacia el ventanal, respondió:
—Lo supuse.
Miró hacia el enorme jardín que se extendía abajo:
—¿Estás en la casa de tu amiga?
—No —murmuró Úrsula, apretando ligeramente los labios—. Tengo presentaciones estos días, así que estoy fuera de la ciudad.
Un destello inescrutable cruzó por los ojos de Lucio.
De hecho, recordaba vagamente que ella tenía algo así programado.
Sin embargo, Úrsula no le había mencionado ni una sola palabra al respecto.
Como ella no se lo dijo, él tampoco preguntó.
Lucio permaneció junto a la ventana, con los párpados medio caídos y sin mostrar expresión alguna. Tomó un par de hojas de té de un frasco cercano y se las metió a la boca para masticarlas.
Era su manera de calmar la ansiedad.
El hombre se quedó en completo silencio.
Como no escuchaba nada del otro lado, Úrsula pensó que la llamada se había cortado.
Tomó el teléfono para revisar, pero la pantalla indicaba que la llamada seguía activa.
Úrsula frunció levemente sus finas cejas, pero al instante las relajó y preguntó con su tono siempre amable:
—¿Necesitas algo más? Mañana tengo que levantarme temprano para el ensayo.
—No es nada —respondió la voz del hombre.
Úrsula soltó un ligero «mhm» y estaba a punto de colgar cuando lo escuchó añadir:
—Que tengas mucho éxito en tu presentación.
Úrsula se quedó de una pieza, pero rápidamente respondió con cortesía:
—Gracias, buenas noches.
—Buenas noches.
Durante los siguientes dos días, el grupo de danza estuvo afinando los detalles del programa. Como no eran el único número en presentarse, el ensayo en sí no tomó mucho tiempo; lo que más hacían era esperar su turno.
Según comentaron otros artistas, este evento era distinto a los anteriores; al parecer, asistirían altos funcionarios de Puerto Brisa, por lo que era de suma importancia y no podía haber ni un solo error.
Al enterarse de esto, Elena fue a recalcarles un par de instrucciones extra, pidiéndoles a todas que dieran su máximo esfuerzo.
Respiró hondo, apagó la luz y se durmió.
El espectáculo principal era por la noche.
Por la tarde, Elena encontró un espacio libre para que el grupo repasara la coreografía un par de veces más antes de mandarlas a los vestidores a cambiarse y maquillarse.
A esas horas, los camerinos eran un ir y venir de gente.
Para evitar que cualquier contratiempo afectara el estado de ánimo de las bailarinas, el coordinador del grupo les había confiscado los teléfonos desde temprano, avisándoles que se los devolvería cuando terminara la presentación.
Úrsula estaba sentada frente a un enorme espejo iluminado por luces deslumbrantes, con los ojos medio cerrados.
La maquillista, de pie detrás de ella arreglándole el cabello, observó a la hermosa joven a través del espejo y preguntó:
—¿Estás nerviosa? ¿Cuántos años tienes?
Úrsula levantó la vista lentamente y respondió con una voz tan suave como un arroyo:
—Veintitrés.
La maquillista le sonrió:
—Pareces de menos de veinte.
Úrsula le devolvió una sonrisa encantadora.
Pronto, la maquillista terminó con su peinado. Como toque final, ató un listón rojo entre su oscuro cabello y dio un paso atrás para observar el resultado en el espejo.
La chica del reflejo tenía una tez de porcelana y sus labios de un rojo carmesí. Sus ojos estaban delineados con un ligero toque ascendente, lo que, en teoría, debería darle un aspecto seductor; sin embargo, debido a la pureza y claridad de su mirada, el resultado final fue el de una belleza deslumbrante, viva y radiante.
A unos metros de distancia, Elena la llamó:
—Ursi, ¿ya estás lista? Tenemos que reunirnos.
—Ya voy.
Úrsula se levantó, le dio las gracias a la maquillista, recogió un poco la falda de su vestido y se dirigió hacia ella.

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