—He vivido mucho tiempo en Estados Unidos. He pasado la mitad de mi vida aquí. Estudié aquí, trabajé aquí. Tengo amigos aquí. Este es mi hogar. ¿Y en Italia? Solo llevo seis meses allí. Así que si hay un extraño entre nosotros, ese eres tú, no yo.
Luca se quedó callado. Sus fríos ojos azules me miraron con una expresión difícil de descifrar. Pensé que se enfadaría, pensé que gritaría, pero solo calló.
—Sigues viendo Estados Unidos como tu hogar, y sigues viendo Italia como un lugar extraño. Y a mí me sigues viendo como un extraño.
Me mordí el labio. —No te veo como un extraño, pero tampoco puedo olvidar quién soy. Soy Camila Mendoza. Nací en México, pero crecí en Estados Unidos. Me hice médica en Estados Unidos. Tengo sueños en Estados Unidos. Y aunque me haya casado contigo, aunque viva en Italia, no puedo borrar todo eso.
—No tienes que borrarlo. Solo quiero que aceptes que ahora tienes un nuevo hogar en Italia, conmigo.
—Ya lo he aceptado. Pero eso no significa que tenga que olvidar Estados Unidos. Este también es mi hogar. Y si no puedo volver aquí, al menos debería poder recordarlo sin que tú me acuses siempre.
Luca volvió a callarse. Podía ver que estaba pensando, procesando mis palabras. Sabía que me había pasado, pero también estaba cansada.
—No quería hacerte sentir como una extraña en tu propia casa. Solo tengo miedo.
Lo miré. —¿Miedo de qué?
—Miedo de que elijas Estados Unidos. Miedo de que elijas tu pasado.
—No me vas a perder. Pero tienes que dejar de tratarme como a una prisionera. Y tienes que dejar de pensar que todo el mundo es una amenaza. Porque si sigues así, me iré de verdad.
Él calló. Podía verlo luchando con mis palabras.
—¿De verdad Sarah te coqueteó? —pregunté al fin.
Luca suspiró. —No.
Me sorprendí. —¿Qué?
—Sarah no me coqueteó. Solo me preguntó por nuestro matrimonio. Me preguntó si te quería. Me preguntó si te trataba bien. Solo te protegía como amiga.
—Entonces, ¿por qué dijiste…?
—¿Ya estás satisfecha con mi respuesta? Ahora depende de ti —dijo Luca.
—No hemos terminado de hablar —dije.
—¿Para qué hablar, si siempre estoy equivocado? —dijo.
Quise seguir discutiendo, decirle que no podía cerrar la conversación así. Pero antes de que pudiera abrir la boca, Luca ya se había levantado y caminado hacia el armario.
—Tenemos que prepararnos. La fiesta empieza en dos horas.
—Luca…
—No quiero hablar más de esto esta noche. Ya hemos discutido bastante hoy.
Me mordí el labio. Quería enfadarme, pero sabía que tenía razón. Llevábamos todo el día discutiendo. No servía de nada seguir ahora. Menos cuando teníamos que ir a una fiesta y fingir que éramos una pareja feliz.
Luca sacó un traje negro.
—Puedes usar el vestido que ya he preparado.
Lo miré. —¿Qué vestido?
Sacó una caja grande del armario. Estaba envuelta en papel de regalo lujoso con un lazo dorado. La abrió. Dentro había un vestido rojo oscuro, hermoso. La tela era suave, brillaba bajo la luz de la lámpara. El corte era elegante, con un escote bastante pronunciado.
Tomé el vestido. La tela era suave en mis manos. —Esto…
—Lo compré para ti. Para esta noche. Quiero que te veas hermosa.
Lo miré. —¿Me compraste un vestido?
—Sí. Sé que no te gusta que te compre cosas, pero esta vez no pude evitarlo.
No supe qué responder. Solo sostuve el vestido, sintiendo su suavidad, viendo su hermoso color.

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