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Matrimonio Forzado : La Obsesión del Mafioso Italiano romance Capítulo 169

Escuché pasos acercándose rápidamente. No eran una o dos personas, sino muchas. Intenté levantarme, pero mi pierna hinchada y mi cuerpo exhausto me lo impedían. Abracé a Lucía con fuerza, tratando de protegerla con mi cuerpo débil.

—¡Camila! ¡Ahí está! ¡Está ahí! —gritó alguien a lo lejos.

Volteé y vi a varios hombres armados corriendo hacia mí. Eran los mismos que me habían secuestrado, los que habían sobrevivido al enfrentamiento con la policía. Sus rostros estaban llenos de ira y odio, y sabía que no me dejarían ir tan fácilmente.

Intenté ponerme de pie, soportando el dolor en mi pierna. Corrí tan rápido como pude, aunque cada paso era una tortura. Corrí hacia lo más profundo del bosque, esperando poder esconderme entre los árboles.

—¡Síguela! ¡Que no se escape! —gritó uno de ellos.

Oí disparos. Las balas pasaron silbando junto a mi cabeza, impactando en un árbol a mi lado. Grité de miedo, pero seguí corriendo. No podía parar. Debía proteger a Lucía.

Corrí entre matorrales, entre árboles, sorteando todo lo que se interponía en mi camino. Mi pierna dolía cada vez más y sentía sangre brotar de mis heridas. Pero no podía detenerme. Debía seguir corriendo.

Y entonces lo vi. Un profundo precipicio frente a mí. No pude frenar a tiempo, y mi pie resbaló en el suelo mojado. Caí, sintiendo mi cuerpo volar por el aire, y luego un impacto brutal.

Caí dentro del barranco. Mi cuerpo golpeó contra las rocas en el camino, y sentí un dolor insoportable en todo mi ser. Oí a Lucía llorar, e intenté alcanzarla, pero no podía. Vi su pequeño cuerpo soltarse de mis brazos y caer cerca de mí.

Cuando por fin me detuve, yacía en el fondo del barranco, destrozada. Mi cabeza sangraba, mi pierna izquierda se sentía rota, y no podía moverme. Sentía un dolor atroz en todo el cuerpo, pero no me importaba. Lo único que me importaba era Lucía.

Oí voces desde arriba del barranco. Me vieron a Lucía y a mí tiradas abajo.

—¡Las atrapamos! —gritó alguien—. ¡Bajen y tomen a la bebé!

Vi a varios hombres descender por el barranco con cuerdas. Se acercaron a Lucía y la levantaron con brusquedad, como si fuera un objeto sin valor. Lucía lloraba desconsoladamente, y sentí que mi corazón se rompía al verla.

—Por favor... no le hagan daño... —susurré, con voz débil.

Uno de los hombres se acercó a mí, apuntándome con su pistola.

—Nos has hecho perder a mucha gente, Camila. Tienes que pagar por todo lo que has hecho.

Lo miré con los ojos llenos de lágrimas.

—Me entregaré. Haré lo que quieran. Pero por favor... no maten a mi hija. Ella es inocente. Es solo una bebé. Por favor...

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