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Matrimonio Forzado : La Obsesión del Mafioso Italiano romance Capítulo 115

—Pero él... —intenté defenderme.

—Él es tu esposo. Sé que lo hace mal, sé que es posesivo, sé que hace cosas que no debería. Pero tú tampoco ayudas a la situación. Lo abrazaste delante de él, saltaste de alegría por mí, limpiaste esta bata sucia con tus lágrimas. Le hiciste sentir que me preferías a mí antes que a él, y ningún hombre soporta eso.

—Yo solo...

—Sé que solo estabas feliz porque recuperé mi trabajo. Pero la forma en que lo demostraste hizo que Luca se sintiera desplazado. Él es tu esposo, él es quien merece tus abrazos y tu alegría, no yo.

Tenía razón. Había sido infantil, nunca había valorado a Luca como mi esposo.

—Ve, búscalo. Habla con él. Yo estaré bien. Lo importante ahora son tú y tu esposo.

Caminé dejando a Matías en la sala. Mis pasos se sentían pesados mientras me dirigía a la habitación donde Luca se había encerrado. Llamé suavemente a la puerta.

—¿Luca?

No hubo respuesta.

Abrí la puerta lentamente. Luca estaba junto a la ventana, de espaldas a mí. Su cuerpo estaba tenso, sus hombros subían y bajaban con respiraciones profundas. Miraba hacia afuera, contemplando el cielo nocturno y oscuro.

Me acerqué con cuidado. Me detuve detrás de él y, lentamente, rodeé su cintura con mis brazos y lo abracé por detrás. Apoyé mi mejilla en su espalda, sintiendo el calor de su cuerpo, que aún me resultaba extraño.

—Lo siento —susurré.

Luca no se movió.

—¿Lo sientes por qué?

—Por todo. Lo siento por no haberte valorado nunca como mi esposo. Lo siento por haberte hecho sentir celos. Lo siento por ser tan infantil. Lo siento por no ver todo lo que has hecho por mí.

Luca seguía en silencio, pero pude sentir que la tensión en su cuerpo comenzaba a disiparse.

—Sé que tu forma de actuar es equivocada, pero yo debería haber comprendido desde el principio que así es tu carácter.

Luca finalmente se giró. Sus manos tomaron mis brazos y separaron mi abrazo con suavidad.

—No estoy enojado contigo.

Parpadeé.

—¿Qué?

—No estoy enojado. —Levantó la mano y acarició mi mejilla con suavidad. Sus dedos cálidos rozaron mi piel, haciéndome estremecer.

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