—Además… —hizo una pausa y añadió—: Todavía eres muy joven. No es el momento.
Aunque ya era mayor de edad, después de todo, solo tenía diecinueve años.
Para él, era tan delicada como una flor.
Solo para ser admirada de lejos, no para ser profanada.
—Este regalo de Año Nuevo le ha encantado a tu hermano. —dijo Rogelio, acercándose para darle un beso en la comisura de los labios—. Lo guardaré por ahora, lo abriré más adelante.
Aldana escuchó su sarta de rebuscadas razones sin poder entenderlo.
Ella misma se había ofrecido en bandeja de plata.
¿Y la estaba rechazando?
—Está bien.
Las mejillas de Aldana se encendieron y el valor que había reunido con tanto esfuerzo se desvaneció en un instante.
Empujó al hombre, se dio la vuelta y se acostó a su lado, cubriéndose con la manta.
—Aldi…
Al darse cuenta de que estaba enfadada, Rogelio se acercó de inmediato para consolarla.
—No hables. —Aldana cerró los ojos y apartó la mano de él, fría e implacable.
Rogelio no dijo ni una palabra más.
Sin embargo, mientras dormían, la chica de repente se acurrucó en sus brazos por iniciativa propia.
«Niña tonta».
Rogelio le acarició el pelo y susurró en voz baja.
***
Al día siguiente.
Cuando Aldana se despertó, el lado de la cama a su lado estaba vacío.
Se aseó y bajó las escaleras.
Oyó ruidos en la cocina; la persona que estaba atareada ya no era Eva, sino Rogelio.
Sobre la mesa del comedor había un desayuno exquisito.
—¿Ya despertaste?
El hombre se acercó a ella con un tazón de sopa y una leve sonrisa en sus labios.
—Cuando termines de comer, te llevaré al aeropuerto para que te reúnas con tus otros hermanos y hermanas.
Durante la comida.
Aldana se limitó a comer con la cabeza gacha, sin decir una palabra.
No tenía mucho apetito y parecía un poco deprimida.
—¿Todavía estás enfadada?
«Qué considerado. ¿Pero de verdad se trata de la almohada?».
—Aldi.
Rogelio le acarició la cara con la yema de los dedos, sintiendo un dolor en el pecho. —Es la primera vez que pasas el Año Nuevo con tu familia, tienes que estar feliz.
—¿Y qué más?
Cuando él terminó de parlotear, Aldana levantó de repente la cabeza y le preguntó de sopetón.
—¿Qué más? —Rogelio se quedó perplejo con su pregunta y tardó un buen rato en reaccionar.
Aldana lo miró profundamente, luego soltó su mano y caminó hacia sus hermanos y hermanas sin mirar atrás.
—¿No le vas a decir nada más?
Leonardo miró con cierta compasión al hombre que se había quedado plantado en su sitio.
—No hay nada más que decir.
Aldana se puso un gorro y una mascarilla, y caminó rápidamente hacia la puerta de embarque.
«Hombre tonto».
«Bla, bla, bla, tanto que habla y ni siquiera dice que la va a extrañar».
«¿Y así quiere una esposa?».
«Pues se quedó sin esposa».

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