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Más que una niña: La rebelde y su protector romance Capítulo 956

—¿Hace un momento?

Al ver los ojos de Lourdes, rojos como los de un conejo, a Aldana le entraron ganas de jugarle una broma.

—¿Qué te dije hace un momento?

—Es que me llamaste...

El rostro de Lourdes cambió ligeramente. Dio dos pasitos, con un tono de voz urgente y a la vez cauteloso.

—Me llamaste...

No se atrevía a decir la palabra «hermana».

Temía que a su hermana menor no le agradara.

—He oído que Rogelio te secuestró. —Aldana se plantó frente a Lourdes, su voz era clara y fría—. Hubo un malentendido en todo esto. En su nombre, te pido disculpas.

—¿Ah?

Lourdes parpadeó, sus pestañas temblaron y mostró algo de culpa.

«¿Mi hermana es tan fría conmigo por Rogelio?».

Lourdes no quería perdonar a Rogelio tan fácilmente, pero a su hermana le gustaba tanto...

Por su hermana, podía soportar esa ofensa.

—No te preocupes.

Lourdes frunció los labios y sonrió con amargura.

—Lo perdono.

Ahora que lo había perdonado, ¡su hermana ya no estaría enojada con ella, ¿verdad?!

—Te lo agradezco en su nombre.

Aldana movió sus labios rojos y dijo sin prisa:

—Pero...

—¿Qué?

Los nervios de Lourdes se tensaron de repente y su corazón empezó a latir con fuerza.

—Tú lo perdonaste, pero yo no. —Aldana dio un paso adelante, se paró frente a Lourdes y tomó por iniciativa propia sus manos frías—. ¿A quién se le ocurre meterse con mi hermana?

Al escuchar ese apelativo, los ojos de Lourdes se humedecieron y enrojecieron, incapaz de contener su emoción.

—Aldi, ¿me llamaste hermana?

—Sí.

Aldana abrió la boca, y sus propios ojos no pudieron evitar humedecerse también. Su voz sonó ronca.

—Hermana, ¿no quieres abrazarme?

—Claro que quiero.

Lourdes no pudo controlar más la emoción en su corazón. Abrazó a Aldana con fuerza y rompió a llorar.

—Ya no volveré a maldecir al cielo. Dios es bueno, me ha devuelto a mi hermana.

Al oír las palabras de Lourdes, Aldana casi no pudo contener la risa.

—No solo me tienes a mí, tienes muchos más familiares.

***

En la entrada.

Rogelio estaba de pie fuera del muro, con las manos en los bolsillos de su gabardina.

Sus ojos profundos estaban fijos en las dos mujeres que estaban dentro.

No podía oír su conversación, pero podía ver cómo se miraban, se tomaban de la mano y se abrazaban.

La muchacha estaba feliz.

La hermana de la muchacha también estaba muy feliz.

Rogelio frunció sus finos labios, su mirada se oscureció un poco y sintió algo de pánico.

«¿Cómo pude haber hecho una estupidez así?».

«¡Quién sabe si Aldi habrá intercedido por mí!».

—Jefe... —se acercó Eliseo con cautela.

—¡Largo de aquí con esa bocota tuya! —rugió Rogelio de mal humor.

Si no fuera por las tonterías que había dicho Eliseo, podría haber encontrado una excusa y decir que había traído a la mujer aquí para reunir a las hermanas.

—¡Entendido!

Eliseo no se atrevió a decir una palabra más, bajó la cabeza y salió corriendo a toda velocidad.

Justo en ese momento.

Rogelio giró la cabeza y vio al mantenido de Lourdes.

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