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Más que una niña: La rebelde y su protector romance Capítulo 2127

—Sabemos que la señora está en un barco, pero por ahora nos es imposible determinar en cuál de todos —informó Eliseo con tono de disculpa.

—¡Entonces intercepten a todos los barcos que estén en el Mar de Sulia!

Rogelio aceleró el paso, y su voz heló la sangre de los presentes: —Yo cubriré las pérdidas económicas de cada embarcación detenida.

***

En el Mar de Sulia.

Aldana, tras saciar su apetito, se arrellanó en su silla y contempló el paisaje por la ventanilla con absoluto aburrimiento.

El mercante llevaba más de media hora navegando.

A su alrededor, solo se divisaba la inmensidad del océano; la capital ya era un mero recuerdo difuminado en la distancia.

Durante el alboroto que hizo con las golosinas, había aprovechado para encender el rastreador oculto en el tirador de la cremallera de su bolso.

Si las cosas salían como las había planeado, a esas alturas Rogelio ya sabría que no estaba en la universidad.

Y seguramente ya estaba siguiendo sus coordenadas.

Conociendo cómo pensaba su marido, y ante la dificultad de precisar en qué embarcación se encontraba, apostaría lo que fuera a que había ordenado acordonar todo el perímetro marítimo.

Así que lo único que tenía que hacer era ganar tiempo hasta que llegara la caballería.

—Necesito ir al baño.

Tobías, que acababa de cerrar los ojos, sintió cómo la bilis se le subía a la garganta al escucharla nuevamente.

Tenía unas ganas locas de amordazarla. Si tenía que oír esa voz una vez más, iba a colapsar.

—¡Ni lo piense! —rugió Tobías—. Señorita Carrillo, le recuerdo que usted es nuestra prisionera, no nuestra patrona. ¡Aquí no se hace lo que usted diga!

—¿Ah, sí?

Aldana esbozó una sonrisa cínica, y arrastró las palabras: —Pues a mí me parece que soy cinco mil millones de pesos.

Tobías se ahogó con sus propias palabras. Ese argumento era irrebatible.

—Vamos, apúrense. Las embarazadas tenemos que ir seguido al baño.

Aldana chasqueó la lengua con impaciencia: —Llevo esposas puestas, hay una docena de gorilas vigilándome, y tengo una panza enorme. ¿Qué creen que voy a hacer, saltar por la borda?

Tobías la inspeccionó de arriba a abajo por un instante. Era evidente que escapar de esa forma era imposible.

Solo entonces accedió a sus exigencias: —Que todo el mundo se ponga en la puerta a hacer guardia.

—Si cometen el más mínimo error, los mataré a todos con mis propias manos.

—Sí, jefe.

Bajo la intensa mirada de sus captores, Aldana entró al sanitario.

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