—¿Tanta es la emoción que ya le está preparando un regalo a su nieta política?
Darío sostuvo la pesada caja fuerte, sopesándola con una sonrisa pícara:
—Esta es la fortuna de toda su vida, ¿y se la va a dar a una mujer que ni siquiera conoce? ¿No le duele deshacerse de esto?
—También es para mi bisnieto —rio suavemente el anciano, marcando aún más sus arrugas—. Aunque es una lástima, me habría encantado que fuera una bisnieta.
El viejo Gómez de al lado tuvo una bisnieta y se la pasaba presumiéndola por todos lados, al punto que a él casi se le rompían los dientes de la envidia.
Pero bueno, aunque no fuera niña, al menos era un bisnieto.
Había visto fotos de esa muchacha, y era preciosa.
Y Darío, ese granuja, al menos tenía... buena presencia.
El bebé de ambos, sin duda, sería espectacular.
Cuando naciera, él también iba a salir a presumirlo para que el viejo Gómez probara una cucharada de su propia medicina.
—Sea bisnieto o bisnieta, mientras nazca sano está bien.
Don Belisario lo pensó un momento y añadió:
—Cuida bien a la muchacha. Que un hombre sacrifique un poco por su mujer, es una bendición.
—Gracias por el consejo, abuelo. —Darío asintió y devolvió la caja fuerte a su lugar—. Su nieta política es una mujer de muchos principios, si le llevo esto de la nada, es muy probable que no lo acepte. Cuando la traiga a verlo, se lo entrega usted mismo.
—Me parece bien. —El anciano consideró que tenía sentido—. Me dijeron que tu padre armó un escándalo.
—No pasa nada, sigo vivo. —Darío sonrió con indiferencia—. Quería que me separara de Lourdes, que ella abortara al bebé y que le echara toda la culpa del escándalo.
—¡Ese infeliz! —Don Belisario estalló en cólera—. Es su propio abuelo y se atreve a decir semejante barbaridad. Si hubiera estado en la sala, ¡le rompía las piernas!
—¿Y cómo están las cosas en el Continente de Bravaria?
—Están furiosos, pero nadie se atreve a decir nada —respondió Darío con sinceridad—. Solo me enamoré, me voy a casar y a tener un hijo, ¿acaso tengo que pedirles permiso?
—¡Bien dicho! —El anciano bufó—. Esos viejos zorros de la Sede de la Administración Central estarían felices de aprovechar esto para derrocarte. Tienes que demostrarles quién manda.
—Mjm.
Darío sonrió suavemente y su tono se volvió cálido:
—Darío por fin lo logró. —El anciano se limpió las lágrimas, hablando con profunda emoción—. Ya no tengo miedo de que, el día que yo falte, se quede solo en el mundo.
—Es cierto, el joven amo por fin ve la luz después de tanto sufrimiento. Va a ser muy feliz —respondió Anselmo, contagiado por la emoción, mientras se limpiaba disimuladamente una lágrima.
—Tráeme a Octavio en este instante.
Tras pasar el momento emotivo, Don Belisario recordó a su descerebrado hijo y su expresión se tornó glacial.
—Quiero ver qué estupidez está planeando.
***
Al otro lado de la ciudad.
Desde que Darío se había ido, Lourdes estaba sumida en la ansiedad.
Ahora entendía, al menos en parte, cómo funcionaba la familia Alzamora.
Con la "mala reputación" que ella tenía, dudaba que el padre de Darío aprobara su relación.

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