—En realidad, sí me llamo Darío Alzamora, mi padre me puso ese nombre, pero no me gustaba. Al asumir el cargo, usé mi nombre oficial, Lázaro.
Desde pequeño nunca fue valorado, ni sus padres lo llevaban a eventos sociales.
La gente solo sabía que la familia Alzamora tenía un segundo hijo, pero nadie conocía su verdadero nombre.
—Hace tres años...
Lourdes apretó los labios, mirándolo con incredulidad, y preguntó con dificultad:
—¿Desde entonces me conocías?
—Sí. —Darío asintió, y su voz era pura ternura—: Me enamoré de ti a primera vista; me acerqué con toda la intención del mundo.
«...»
Al encontrarse con esos ojos llenos de devoción, el corazón de Lourdes dio un vuelco y sus mejillas se encendieron.
Pero Darío tenía antecedentes de «mentiroso», ¿quién sabía cuánto de eso era verdad?
«...»
Viendo sus dudas y los ojos en blanco que le dedicaba, Darío continuó:
—Y te conozco desde mucho antes de lo que te imaginas.
—¿Desde cuándo? —Lourdes frunció los labios, totalmente extrañada.
Ella nunca iba a fiestas elegantes; la mayor parte del tiempo se la pasaba en el casino, por lo que casi no se dejaba ver en público.
¿Cuándo la había visto Darío?
¿En internet?
Con lo desastrosa que era su reputación en redes, ¿quién podría enamorarse de ella así?
—En el orfanato. —Darío no ocultó nada, su voz era profunda y ronca—: Te vi hace más de diez años en el orfanato de Bravaria.
¿En el orfanato?
A Lourdes le pareció una locura, pero antes de que pudiera replicar, él añadió:
—En ese entonces, te molestaba tener el cabello largo y te lo cortaste muy cortito, pero como te quedó tan corto, tenías que sujetarlo con un prendedor rojo al que le faltaba un brillantito.
«...»
Al oír eso, el corazón de Lourdes dio un vuelco, y las palabras de duda se atascaron en su garganta.
Tal vez alguien podría averiguar lo del cabello corto, pero nadie se habría fijado en un simple prendedor rojo.
—Entonces, Don Eu también eres tú, ¿verdad?
—...Sí. —El corazón de Darío se congeló de nuevo. Tragó saliva y respondió con sentimiento de culpa—: Siempre me pedías que me fuera, pero yo no quería dejarte, así que me disfracé.
—¿Y también sabías desde antes que estaba embarazada? —Lourdes apretó los puños, con la voz temblorosa.
—Me enteré cuando regresaste a Bravaria. —Darío parecía un niño que había hecho una travesura; ella preguntaba, él respondía.
—Ja.
Lourdes no sabía qué decir, luego soltó una carcajada amarga, con los ojos llenos de lágrimas.
—Darío Alzamora, ¿me ves cara de estúpida?
No solo no se había ido, sino que había actuado en sus narices, elogiando a «Darío Alzamora» a cada momento y de mil maneras.
¡Resulta que todo el tiempo se estaba echando flores a sí mismo!
—¡Con esa capacidad de actuación, deberías ser actor de telenovelas en vez de Mandatario!
Lourdes tenía los ojos húmedos y enrojecidos, y todo su cuerpo temblaba.
—Ya te lo expliqué todo. ¿Aún estás enojada? —Darío clavó la mirada en el arma que ella sostenía, con expresión seria—. ¡Lourdi, ya puedes usar el arma que tienes en las manos!

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