—Auh...
Quizás por la alteración de sus emociones, o tal vez porque el pequeño bribón escuchó la voz de su papá, pero el bebé comenzó a moverse con más fuerza.
—¿Estás bien? —Darío se alarmó de inmediato, sosteniéndola mientras preguntaba con cuidado—: ¿Dónde te duele? ¿En el vientre? No tengas miedo, ¡te llevaré al hospital ahora mismo!
—¡No hace falta!
Lourdes lo fulminó con la mirada, manteniendo el rostro inexpresivo y respondiendo de mala gana:
—¿Cómo me atrevería a molestar al grandioso Mandatario Alzamora?
«...»
Darío apretó los labios. Si tenía fuerzas para hablar con sarcasmo, probablemente no era un dolor grave.
En los libros para el embarazo que había estado leyendo decía que a los cinco meses el bebé empezaba a patear.
—Te mentí, lo siento. —Darío la miró con inmensa ternura y trató de calmarla con infinita paciencia—: El aire en el estacionamiento está sucio. Si quieres matarme o insultarme, primero volvamos a casa, ¿sí?
«...»
Lourdes miró por la ventana, el aire apestaba a gasolina.
Era un olor desagradable y nauseabundo.
Al ver que ella dudaba y dejaba de resistirse, Darío comprobó el cinturón de seguridad y corrió al asiento del conductor.
Encendió el deportivo y se dirigió a la residencia privada de Lourdes.
En el trayecto, Lourdes se pasó todo el tiempo mirando por la ventana, sin dirigirle ni una sola mirada.
Darío estaba muerto de miedo en su interior y no se atrevió a decirle nada.
El auto permaneció en absoluto silencio durante cuarenta minutos hasta llegar al destino.
Apenas el auto se detuvo, Lourdes se quitó el cinturón y corrió hacia la casa.
Temiendo que Darío la siguiera, cerró la puerta de un portazo.
Al segundo siguiente.
La puerta se abrió de nuevo y Darío apareció ante ella.
—¿Cómo entraste? —Lourdes, que se estaba cambiando los zapatos, se asustó al verlo.
—Nunca borró mis huellas digitales, señorita. —Darío se acercó, se agachó por inercia, levantó el tobillo de Lourdes y lo apoyó en su propia rodilla para ayudarla a cambiar de calzado.
—¡Largo de aquí! —Lourdes sintió que se ahogaba de la rabia al ver esa cara de «satisfacción» y, presa de la ira, le soltó una patada con todas sus fuerzas.
«...»
Darío ni se inmutó y terminó de ponerle los zapatos con toda delicadeza.
—¿Tiene hambre, señorita? ¿Quiere comer algo?
Darío se quitó el saco del traje y se arremangó la camisa.
No fue hasta que sintió el cómodo respaldo en su cintura que recuperó un poco la cordura y levantó la mirada lentamente.
Darío se arrodilló frente a ella, levantó el rostro para mirarla a los ojos y comenzó a hablar con voz pausada:
—Si desde el principio hubieras sabido que yo era el Mandatario, ¿me habrías dejado a tu lado?
«...»
Lourdes frunció ligeramente el ceño y entreabrió los labios.
¿Lo habría hecho?
¡Por supuesto que no!
A un simple mantenido podía mostrarle mala cara o echarlo cuando quisiera.
Pero al Mandatario...
¡¿Qué clase de valor tendría para atreverse a abofetearlo?!
Además, en aquel entonces su reputación era mucho peor que la de ella.
Con solo escuchar su nombre, habría salido huyendo en dirección contraria.
Al verla poner los ojos en blanco, Darío movió sus finos labios y soltó una suave risa:
—Es por eso que no tuve otra opción. Tuve que cambiar mi identidad y acercarme a ti como Darío Alzamora.

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