—¿Usted es...? —Lourdes lo miró desconcertada, dando medio paso atrás a la defensiva.
—Soy Zenón, el secretario del Mandatario. Puede decirme Zenón.
El hombre se inclinó levemente con actitud muy respetuosa.
—El Mandatario se enteró de lo del Sector 5 y quiere que pase a conversar.
—¡¿De verdad?!
Los ojos de Lourdes se iluminaron y asintió de inmediato.
—Por favor, muéstreme el camino.
En cuestión de minutos, Zenón la llevó hasta la puerta de la sala de descanso.
Tocó un par de veces.
—Mandatario, la señorita Yáñez está aquí.
—Adelante.
La voz profunda, ronca e insondable del hombre se filtró a través de la puerta.
Esa voz...
Una sensación extraña e indescriptible cruzó por la mente de Lourdes.
¿Le resultaba familiar?
Tal vez no tanto.
—Señorita Yáñez, nuestro Mandatario tiene la regla de no mostrar su rostro —advirtió Zenón amablemente—. Así que, una vez dentro, quédese detrás del biombo.
—Sin problema.
Lourdes asintió y le dedicó una sonrisa.
—Muchas gracias, Zenón.
—No hay de qué, es mi deber. —A Zenón se le escapó la respuesta con una sonrisa de oreja a oreja.
—¿Mmm?
Lourdes se quedó perpleja. ¿Su deber?
—Eh...
Sabiendo que el que mucho habla mucho yerra, Zenón no dio explicaciones, simplemente cerró la puerta y se marchó.
Lourdes estaba cada vez más confundida, pero, a decir verdad, el secretario del Mandatario era bastante accesible.
Lo que no entendía era cómo el Mandatario se había enterado de lo del Sector 5.
La inmensa sala de descanso estaba decorada con un elegante estilo clásico.
Un largo biombo dividía la habitación por la mitad.
Lourdes estaba de un lado y Darío del otro.
—Buenas tardes, Mandatario. Soy Lourdes Yáñez, encargada del Casino Costa Oeste. Lamento mucho la interrupción del día de hoy.
—Señorita Yáñez, ¿necesita algo más?
—No.
Lourdes se puso de pie apresuradamente y volvió a echar un vistazo hacia el biombo.
El Mandatario no parecía ser alguien tan difícil de tratar como decían los rumores.
¡Era bastante amable!
—Entonces no interrumpo más su trabajo. Hasta luego, Mandatario.
Lourdes se despidió con una reverencia. Justo cuando iba a abrir la puerta para salir, recordó el asunto de los «chicos mantenidos».
Como no podía verlo, no sabía si los rumores eran ciertos.
¿Y si su orientación sexual era normal?
¡Mejor no!
¡No iba a hacer preguntas innecesarias!
Cuando estaba a punto de dar un paso fuera, apareció de pronto el gerente del casino.
Al no ver a la persona detrás del biombo, preguntó con ansiedad:
—¿Qué pasó? ¿Pudo ver al Mandatario? ¿Qué tipo de chico mantenido le gusta? ¡Ya traje a varios y están esperando en la puerta!
Lourdes: «¡¡¡!!!»

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