«¿De verdad?»
Darío reflexionó un instante. Lourdes tenía un carácter bastante explosivo.
Si su hija se parecía a ella...
Estaba bien.
Las niñas debían tener su carácter para que nadie las pisoteara.
—Mandatario, ¿la señorita Yáñez espera un niño o una niña?
A Darío se le partió un poco el corazón y, con el rostro serio, respondió:
—Preferiría una niña, pero un niño también está bien.
Al fin y al cabo, era el bebé de su Lourdi; lo amaría de cualquier forma.
—Eh...
Zenón sonrió con incomodidad. Con razón el Mandatario tenía esa cara.
—No se preocupe, habrá tiempo para tener una niña en el futuro.
Darío apretó los labios con semblante sombrío.
Había visto a su Lourdi sufrir con las náuseas matutinas. Los embarazos eran demasiado duros.
No tendrían más hijos.
—¿Cómo van los preparativos para la recepción en el salón principal? —preguntó Darío, dejando de lado el tema que tanto lo afligía.
—Todo está listo. —Zenón miró su reloj y respondió con sumo respeto—: Mandatario, ya es hora de salir.
—Mjm.
Darío se puso de pie, se arregló el saco del traje y, mientras caminaba hacia la salida, echó un vistazo a la pantalla que mostraba las cámaras de seguridad del salón.
—Mandatario...
Zenón abrió la puerta, dispuesto a informarle el primer punto de la agenda.
¡Pum!
De repente, la puerta se cerró de golpe y Darío jaló a Zenón hacia atrás.
Zenón chocó de espaldas contra la mesa. Con la mente en blanco, tartamudeó:
—M-Mandatario, ¿qué ocurre?
—¡Mira la pantalla! ¡¿Esa mujer no es Lourdes Yáñez?!
Darío lo arrastró hasta la pared de monitores y señaló a una mujer vestida con un elegante traje blanco de oficina, que sostenía una carpeta mientras miraba furtivamente a su alrededor.
—¿Eh?
Zenón se acercó de inmediato, se acomodó los lentes y observó con atención.
—La verdad, sí se parece mucho a la señorita Yáñez.
No.
—¡Enseguida!
Antes de cerrar la puerta, Zenón le lanzó una mirada furtiva.
Era la primera vez que veía al Mandatario tan asustado y con tanta culpa.
Si salía y se topaba de frente con la señorita Yáñez...
Zenón ni siquiera quería imaginar la escena.
Darío no se movió de la habitación. Mantuvo los ojos clavados en la chica de la pantalla.
Unos segundos después, sacó su celular e intentó llamar al gerente del casino que acompañaba a Lourdes, pero el teléfono estaba apagado.
Poco después.
Zenón abrió la puerta de un empujón, jadeando.
—Mandatario, ya averigüé todo.
—¿Qué pasó? —Darío se puso de pie de un salto.
—Los de seguridad dicen que la señorita Yáñez está preguntando por su paradero —respondió Zenón con extrema cautela.
—¿Qué?
Darío sintió que el piso se movía y palideció por completo.
¡¿De verdad lo habían descubierto?!

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