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Más que una niña: La rebelde y su protector romance Capítulo 1447

—Te acompañaré a visitar a tu abuela y seguiré la corriente. En cuanto al divorcio... —Félix hizo una pausa, evaluando la situación, y preguntó con voz grave—: Dos meses. Supongo que puedes esperar dos meses, ¿no?

Si Gustavo Galván había podido quedarse tres años en el extranjero sin regresar, ¿qué importaba que esperara dos meses más?

La mujer que supuestamente amaba se había casado, y el tipo ni siquiera se inmutó.

Cualquier hombre con agallas habría irrumpido en la boda para llevársela.

Ese cobarde sin pantalones... Félix no lograba entender qué diablos le veía Casiana.

Ella lo había esperado tres años, ¿qué le costaba a ese imbécil esperar un par de meses?

Además...

¿Cuándo había dicho Félix que iba a dejarla ir tan fácil?

—Está bien —Casiana asintió suavemente, con sus ojos acuosos fijos en él—. Siempre y cuando no afecte tu trabajo.

—Qué considerada eres.

Félix le dirigió una mirada indescifrable, se puso de pie, tomó el tazón vacío que ella sostenía y ordenó con rostro inexpresivo:

—Tómate las pastillas.

—Oh —respondió Casiana en un susurro, clavando la vista en la espalda del hombre.

—Por cierto... —Félix, ya con la mano en la perilla de la puerta, se volvió de repente—: Los dos caramelos que están en la mesa son para ti.

¿Para ella?

Antes de que pudiera salir de su asombro, Félix ya había salido, y la habitación quedó en absoluto silencio.

Casiana miró los caramelos con el corazón revuelto.

Había dado por sentado que eran para su amor platónico.

¿Acaso se equivocó?

***

En la residencia Luminara.

Hoy se celebraba la tradicional reunión mensual de la familia Espinosa.

Desde que llegó, Félix no había dejado de revisar su celular, completamente distraído.

—¿Qué tanto miras, Félix? —Wilfredo Zavala se acercó por detrás, con los ojos pegados a la pantalla, intentando averiguar el misterio.

—Nada. —Félix bloqueó el celular, se lo guardó en el bolsillo del traje y frunció el ceño con irritación.

Casiana acababa de llegar a la capital, no conocía a nadie de su familia y, para colmo, tenía el tobillo torcido.

No era el mejor momento para presentarla.

Ya encontraría una ocasión más adecuada para que la conocieran.

Además...

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