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Más que una niña: La rebelde y su protector romance Capítulo 1443

—De acuerdo.

Félix lo apartó un poco; como médico, tenía cierta fobia a los gérmenes y no le gustaba que se le pegaran tanto.

—La mujer que me gusta es... —Héctor, ajeno a la gravedad de lo que iba a decir, sonrió como un tonto—: la instructora Gilda.

—Mjm —asintió Félix con indiferencia, pero un segundo después procesó la información—: ¿Que te gusta quién?

—La instructora Gilda. —Al mencionarla, el rostro de Héctor se iluminó con timidez—. Pero parece que me odia; se la pasa pateándome el trasero en los entrenamientos.

Si flojeaba un segundo, lo insultaba hasta que se cansaba.

...

Félix se frotó las sienes. Le zumbaban los oídos.

Héctor estaba enamorado de su hermana Gilda.

Su hermana menor, Aldana, se había casado con el hermano mayor, Rogelio, y ahora el menor de los Lucero andaba detrás de Gilda...

Ja.

Si esto prosperaba, ¿Gilda tendría que llamar "cuñado" al viejo zorro de Rogelio?

¿O Rogelio llamaría a Gilda "cuñada"?

Qué árbol genealógico tan absurdamente complicado.

—Félix... —Héctor le dio otro trago a su bebida, llorando amargamente—. Dime, ¿qué tengo que hacer para ablandar el corazón de Gilda?

El corazón de esa mujer era más duro que una piedra.

—No tengo idea —respondió Félix tras pensarlo un momento.

Si ni siquiera podía apagar el incendio en su propia casa, mucho menos iba a arreglar los problemas ajenos.

Además...

Si él supiera cómo ganarse el corazón de una mujer, no estaría a punto de ser botado por su propia esposa.

—Ay, Félix, mi corazón sufre —el señorito Héctor siguió tragando alcohol como si sufriera de la peor decepción amorosa de la historia.

...

Félix miró la hora. Llevaba casi una hora fuera.

No sabía cómo estaba la pequeña lisiada en casa.

—Tómatelo con calma. Yo me voy. —Félix se levantó, llamó al mesero antes de irse y le anotó el número de Rogelio Lucero.

Le encargó: "Si Héctor se desmaya de borracho, llame a este número para que lo vengan a recoger".

Dicho esto, dio media vuelta y salió.

—Félix... —Héctor se recostó en el sofá, frotándose la frente, y de repente un pensamiento cruzó su nublada mente.

Un momento.

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