Félix de pronto alargó sus largas piernas, la alcanzó en dos zancadas y, levantándola en brazos otra vez, entró al baño.
La bañera ya estaba llena de agua caliente.
Félix la bajó con cuidado, pero al intentar apartarse, notó que los brazos de ella seguían aferrados a su cuello.
Bajó la mirada. Sus ojos se clavaron en las hermosas clavículas de la chica. Su garganta se apretó de golpe y le advirtió con voz ronca:
—¿Qué pasa? Te torciste el tobillo, no las manos. ¿Acaso quieres que te bañe yo?
—No.
Casiana volvió a la realidad de inmediato. Asustada, retiró las manos a toda prisa, mientras un rubor teñía sus mejillas pálidas.
—Gracias, yo puedo hacerlo sola —murmuró.
—La toalla y la pijama están en la silla. Llámame cuando termines.
Félix acercó la silla un poco más hacia ella para asegurarse de que estuviera cómoda, y dio media vuelta para salir.
La puerta se cerró.
Félix se quedó de pie en la sala, con la cabeza ladeada mirando hacia la puerta cerrada del baño, y una expresión compleja asomó a su rostro.
Venir a perseguirlo hasta la capital solo para pedir el divorcio.
¡Qué impaciente!
En el baño, Casiana se dio una ducha rápida. Al tomar la ropa, se dio cuenta de que era de hombre.
La camisa y los pantalones le quedaban inmensos, pero estaban impecablemente limpios y conservaban ese sutil y fresco aroma que era exclusivo de él.
Casiana frunció el ceño. Soportando el dolor de su pie, se puso la ropa, metió la camisa por dentro del pantalón y usó una liga para el cabello para amarrar la cintura y evitar que se le cayera.
Una vez lista, se armó de valor y habló hacia la puerta:
—Ya terminé.
...
Silencio total.
Casiana se mordió el labio inferior, se aclaró la garganta y volvió a intentarlo:
—¡Ya estoy lista!
¿Otra vez nada?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Más que una niña: La rebelde y su protector