—Hermana, ¿puedo dormir con ustedes?
Julián abrazaba con fuerza su almohadita. Había llorado tanto que tenía la nariz y los ojos completamente rojos.
Una lágrima cristalina colgaba de sus pestañas, dándole un aspecto sumamente lastimero.
—¿Cuántos años tienes? —preguntó Sombra, frunciendo el ceño.
—Cinco. —Julián extendió los cinco dedos con mucha honestidad, antes de soltar otro sollozo—. Hermana, te prometo que no me destapo en la noche.
Antes, en Somerlandia, Yolanda era quien siempre lo ayudaba a dormir.
Pero la casa del cuñado era demasiado grande, y no había nadie para arrullarlo. En serio, estaba muerto de miedo.
Cinco años.
Sí.
El «pequeño héroe» del jardín de niños.
—¿Se puede? —Sombra volteó a mirar a Leonardo, considerando que la mitad de la cama le pertenecía a él.
—Claro que sí. —Leonardo esbozó una sonrisa cálida y dijo en voz suave—: Parece que lloró un buen rato antes de reunir el valor para venir a pedirlo.
Aunque arruinara el ambiente romántico, era un buen niño.
—Si te atreves a destaparte, te tiro al basurero. —Sombra se hizo a un lado y refunfuñó—: Pasa.
—Gracias, hermana. —Julián entró a paso torpe abrazando su cobija. Al pasar junto a Leonardo, le hizo una reverencia muy educada y dijo con voz nasal—: Gracias, cuñado.
—Qué educado nos salió. —Leonardo sonrió y le dio unas palmaditas en la cabeza—. Duerme en el medio.
En las orillas podría caerse de la cama.
—Sí. —Julián se limpió la cara, se subió a la cama de manera obediente y se acostó en el centro.
Poco después, Sombra y Leonardo se acostaron uno a cada lado.
Era la primera vez en su vida que dormía junto a su hermana mayor.
Toda la tristeza que había sentido minutos antes se transformó en pura felicidad.
Apretó la orilla de su cobijita, se giró para ver a Sombra, que tenía los ojos cerrados, y susurró:
—Hermana...
—Cállate. —Sombra lo interrumpió, molesta, hablando en un tono serio—. Cierra los ojos, no te muevas y duérmete.
—Sí... —Julián apartó la mirada con resignación, puso el cuerpo firme como una tabla y no se atrevió a mover un solo músculo.
—Duérmete ya.
Leonardo palmeó rítmicamente el hombro del pequeño, hasta que vio cómo su ceño fruncido se relajaba por completo.
No tardó mucho en quedarse profundamente dormido.
Al ver a la adulta y al niño durmiendo, una sensación muy peculiar comenzó a apoderarse de Leonardo.
¿A qué se parecía esta escena?

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