—Entonces, ¿ya sabes que Sombra es mujer? —preguntó Aldana tragando saliva, con la voz ronca.
—Sí.
Leonardo asintió y confesó la verdad.
—Me enteré esa misma noche.
—¡Alda, te juro que esto no fue mi culpa! —Sombra saltó de inmediato, señalando a Leonardo a la defensiva—. Yo estaba borracha y él me quitó la ropa.
—Estabas borracha y vomitaste encima de todo, tuve que quitarte la ropa a la fuerza —aclaró Leonardo.
—¡Pero lo hiciste, admítelo!
—Sí, lo hice.
—Y después de eso ya no hubo forma de ocultarlo, y entonces...
De alguna manera terminaron juntos.
—Alda, no lo mantuve en secreto a propósito. Fue que todo pasó tan rápido que temí que no pudieras aceptarlo —Sombra se acercó a Aldana, jalando un poco su ropa, y dijo con tono de súplica—: Si estás enojada, pégale a Leonardo. A fin de cuentas, él tuvo la culpa.
Leonardo se quedó mudo.
Esa era su novia, sin duda.
—¿Aceptar qué?
Aldana rompió el silencio tras una larga pausa.
—Aceptar que tu mejor amigo ahora será tu cuñada —murmuró Sombra, encogiendo los hombros—. Alda, no estás molesta conmigo, ¿verdad?
—No.
Aldana levantó la mirada y la observó con ternura. Tras un momento, susurró:
—Solo me sorprendió lo rápido que avanzaron... Hasta hubo propuesta de matrimonio.
—Supongo que nadie más sabe lo del género, ¿verdad?
—Aparte de los que estamos aquí, nadie más lo sabe —Sombra apretó los labios—. Por temor a causar problemas, no me atreví a contártelo.
—¿Por qué me iba a enojar?
Aldana sonrió dulcemente.
—Tú eres feliz, eso es lo que importa, cuñada.
¿Cuñada?
Al escuchar ese término, las mejillas de Sombra se tiñeron de rojo escarlata y le lanzó a Leonardo una mirada llena de timidez.
—No me mires a mí.
Leonardo frunció los labios y comentó en voz baja:

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