—Pero...
Damián abrió las manos y esbozó una sonrisa amarga.
—No tengo ningún gran proyecto que presentar.
Ese tipo de oportunidades nunca le caían a él.
—Yo te doy uno. —Sombra sacó una carpeta del cajón y se la entregó—. Un acuerdo de cooperación con el Continente del Sur, ¿lo quieres?
—¿Eh?
Damián le echó un vistazo a la carpeta y, al ver la palabra «Submundo», casi se le salen los ojos de las órbitas.
Se señaló a sí mismo y preguntó desconcertado:
—¿Yo?
—¡Sí, tú mismo!
Sombra, con expresión tranquila, dijo lentamente:
—Ya casi he cerrado el proyecto del Submundo. ¿Te encargarías del resto de los trámites?
—¿Eh?
Damián cayó en una profunda duda y tartamudeó:
—Joven Carrasco, ¿no he escuchado mal? ¿Me está entregando este mega proyecto del Submundo?
—¡Sí! ¡No escuchaste mal!
Sombra ya estaba harta de repetir lo mismo:
—El proyecto del Submundo es tuyo. Una vez que se cierre el trato, serás la persona con la mayor contribución en todo el centro administrativo.
—Y entonces, votaré por ti en las elecciones.
—¿Y si los demás no están de acuerdo? —preguntó Damián.
—Lo estarán.
Sombra tamborileó ligeramente sobre el escritorio con la yema del dedo.
—Si subes de puesto, tendrás más influencia y podrás conseguir más fondos para proyectos, ¿no lo quieres?
—Sí, lo quiero.
Respondió Damián con cautela.
—Entonces haz lo que te digo. —Sombra levantó la barbilla y sonrió—. Te aseguro que conseguirás lo que quieres.
—Pero...
Damián seguía sin entenderlo del todo y preguntó con duda:
—Joven Carrasco, ¿por qué me ayuda?
Esa pregunta le llevaba rondando la cabeza varios días.
—Ya te lo dije, me gusta la buena gente. —Sombra cruzó las piernas, con un pie descalzo apuntando al aire, viéndose tan arrogante como relajada—. Y tú, casualmente, eres una buena persona.
Damián se quedó sin palabras.
Si era así.

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