—No te oí bien...
Rogelio se acercó un poco más. Sus pupilas, de un negro profundo, se contrajeron lentamente hasta fijarse en el rostro de Aldana. Su nuez de Adán se movió y dijo:
—Aldi, dilo de nuevo.
—¿Acaso el señor Rogelio ya está tan viejo que también le falla el oído? —Aldana le lanzó una mirada y frunció ligeramente el ceño—. Si es así, entonces tendré que pensármelo y retirar lo que acabo de decir.
Luego, apartó al hombre y se dio la vuelta para marcharse.
Rogelio se quedó paralizado por un instante y, por instinto, agarró la mano de la joven, apretándosela con fuerza en la palma.
—Niña, ¿quién te enseñó a no tener palabra?
»Ya que lo prometiste, no hay vuelta atrás.
—¿Ah, sí? —Aldana levantó la cabeza y entrecerró sus ojos cristalinos, mirándolo con una expresión cargada de intención—. ¿Y qué pasa si me arrepiento?
—Yo te... —Rogelio, sentado en la silla, tiró de la chica para que se sentara en su regazo. Sus labios cálidos y finos se posaron junto al oído de ella y, con voz ronca, le dijo—: Te ataré y te meteré en el cuarto nupcial.
—¿Acaso eres un bandido? —El cuerpo de Aldana se estremeció y el lóbulo de su oreja se enrojeció un poco.
—Sí —admitió Rogelio sin dudar, sujetándola por la cintura y con una mirada pícara—. Soy un bandido y tú eres la esposa del jefe. Somos tal para cual.
—Yo soy una buena ciudadana que respeta la ley, no me lleves por el mal camino.
Aldana lo miró fijamente, mientras una leve sonrisa se dibujaba en sus labios.
—De acuerdo —Rogelio se inclinó y depositó un suave beso en la punta de la nariz de la chica—. De ahora en adelante, le encargaré a la señorita Carrillo que me enseñe a ser un buen hombre. Prometo aprender con esmero.
—Tú...
Aldana quiso seguir con las bromas, pero las palabras se le quedaron atoradas en la garganta.
«Bueno, no importa».
Estaba de buen humor, así que le daría un pequeño capricho.
Aldana apoyó las manos en los hombros de Rogelio y presionó con suavidad.
Se sentó a horcajadas sobre las piernas del hombre y, rodeándole el cuello con los brazos, pasó de una postura pasiva a tomar la iniciativa.
La otra era su amor por el dinero.
Y casualmente, él le ofrecía ambas cosas.
La reclutaba, se deshacía del mayor problema que era la Alianza del Cracker, y al mismo tiempo, desarrollaba su propio plan de modificación genética.
Luego, se daría la vuelta y se ocuparía de Submundo.
Un plan perfecto para matar tres pájaros de un tiro.
—Espero que no me decepciones, jefe —dijo Aldana, recostada en el pecho de Rogelio mientras jugaba con el cinturón de su bata—. En quince días, tendrás lo que quieres.
Terminada la conversación, Aldana colgó el teléfono sin más, bajó la vista hacia el hombre que estaba detrás de ella y enarcó una ceja.
—Señor Rogelio, prepárate, voy a bombardear tu base.
—No te preocupes —Rogelio tomó sus dedos y empezó a jugar con ellos uno por uno, con una amplia sonrisa en los labios—. Te aseguro que te ayudaré a representar bien esta obra.
»Por cierto, ¿qué color de explosivos te gusta? —preguntó Rogelio—. Te los enviaré.

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