—¿Conocerla?
Jacinta no entendía, e incluso se sentía un poco alterada.
—Esa Kiara es de las que pelean hasta por lo que no tienen razón, ¡imagínate ahora que viene toda lastimada! ¿No va a gritarlo a los cuatro vientos para que toda la universidad se entere?
»Aldana, te aconsejo que no te metas en ese lío.
—No te preocupes.
Aldana se enderezó en su asiento y dijo con indiferencia:
—Justo a tiempo, hace mucho que no la veía.
—¿A ella?
Jacinta parpadeó, confundida, y cada vez entendía menos.
—Aldana, ¿de quién hablas?
¿Estaban siquiera hablando del mismo tema?
—¡Cuando llegue el momento, te llevaré conmigo!
Aldana miró a Jacinta y sonrió con picardía.
—Ah.
Jacinta se rascó la nariz. No entendía muy bien, pero tampoco era el momento de hacer más preguntas en clase.
—Aldana, ya salieron las notas de los ensayos. Como era de esperar de la genio, eres la única de la clase que sacó más de noventa.
Y lo más impresionante era que las tres notas superaban el noventa.
¡Qué locura!
—¿Este es mi ensayo? —Aldana le dio varias vueltas, mirándolo una y otra vez, con la mente en blanco—. ¿Cuándo lo escribí?
Llevaba su nombre, pero no recordaba nada del contenido.
—¿Eh?
Jacinta parpadeó, sintiendo que Aldana estaba muy rara ese día.
Estaba diciendo puras incoherencias.
—Ah, ya me acordé —dijo Aldana, recostándose perezosamente en su silla con aire despreocupado—. Me los hizo Rogelio.
—¿El señor Rogelio te hizo la tarea? —Los ojos de Jacinta se abrieron como platos, tan sorprendida que casi gritó.
—Ajá.
Aldana asintió con una expresión muy tranquila.
—No es la primera vez que lo hace. En la preparatoria, a menudo se quedaba despierto hasta tarde para ayudarme con las tareas.
Jacinta se quedó completamente paralizada, con la palabra «sorpresa» grabada en el rostro.
Por más que lo intentaba, no podía imaginarse al implacable y dominante señor Rogelio, un tiburón de los negocios, haciendo tareas tranquilamente.
Con razón se rumoreaba por ahí que el señor Rogelio era un completo romántico.
Al principio no lo creía, pues su aura no encajaba con esa imagen.
Pero ahora…
Aldana, sin ninguna ceremonia, entró con paso decidido.
Eligió una silla y se sentó.
Jacinta, con los ojos muy abiertos, apenas se atrevía a respirar.
Aunque ya estaba en la universidad, las palabras «miedo a los profesores» parecían grabadas a fuego en su ser.
Seguía siendo una gallina.
No se esperaba que la genio estuviera tan tranquila.
—Tú también siéntate —dijo Aldana, señalando la silla de al lado a Jacinta.
Jacinta miró al rector que estaba a su lado, muerta de nervios.
—Siéntate, siéntate —dijo el rector con una leve sonrisa y una actitud afable.
Principalmente, porque no se atrevía a no serlo. Un simple carraspeo de esa chica y la Universidad de la Capital temblaría hasta sus cimientos.
—De acuerdo. —Jacinta se sentó obedientemente, arrimando su silla a la de Aldana.
Quería estar pegadita a ella.
—Aldana, ya estoy al tanto de lo que pasó en la competencia deportiva. —El rector se adelantó para mediar—. En las competencias es inevitable que haya lesiones accidentales, y estoy seguro de que no lo hiciste a propósito. En un momento…
—¡Claro que lo hice a propósito!
Aldana levantó la mirada, interrumpiendo al rector con un tono sombrío y directo.
—Kiara me provocó una y otra vez. Mientras no pasara a mayores, no me molestaba en perder el tiempo con ella.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Más que una niña: La rebelde y su protector