—Jefe…
Al ver a Aldana marcharse furiosa, dando un portazo, Eliseo se asustó mucho.
—La señorita Carrillo está enojada, ¿no va a calmarla?
Era la primera vez que veía a la señorita Carrillo tan enfadada.
¿Qué demonios le había dicho el jefe?
¡Para que se pusiera así!
—Eliseo —dijo Rogelio, quedándose en su sitio con una sonrisa de satisfacción en los labios y un tono pausado—. Nunca has estado en una relación, ¿verdad?
—No, nunca —negó Eliseo con la cabeza.
—Cuando la tengas, lo entenderás. —Rogelio ladeó la cabeza, mirando a Eliseo con una media sonrisa y una voz perezosa—. A esto se le llama parte del coqueteo.
—Entendido, jefe.
Eliseo se frotó la nariz, con el cuello rígido, sin acabar de comprender.
La señorita Carrillo estaba tan enojada que hasta lo había golpeado.
Pero, por lo que veía, el jefe parecía bastante contento.
Realmente no entendía dónde estaba la «gracia» de ese coqueteo.
***
En la universidad.
Aldana caminaba mientras hablaba por teléfono con Sombra.
—¿Cómo van las cosas con El Refugio?
—Usando la identidad de Submundo, hablé con ellos —respondió Sombra—. Les pedí cincuenta mil millones para ver qué tan sinceros eran.
—Tsk.
Al oír eso, una leve sonrisa se dibujó en los labios de Aldana.
—Qué cabrón eres.
Ese precio era lo suficientemente descabellado como para no levantar sospechas en la gente de El Refugio.
—No se atrevieron ni a chistar. —Sombra, sentado en el sofá con las piernas cruzadas, sonreía ampliamente—. La carnada está en el agua, solo queda esperar a que el pez muerda el anzuelo.
—¿Y Julieta?
—Ya le pasamos el recado. Quico se encargará de protegerla.
Desde que Sombra había dicho que le gustaban los hombres y había coqueteado con Leonardo, ahora este, en cuanto la veía, actuaba como un ratón ante un gato.
Huía como si no hubiera un mañana.
***
Tras colgar la llamada.
Aldana guardó el teléfono en su mochila.
No había dado más que unos pasos cuando una figura apareció de repente y le bloqueó el paso.
—Qué coincidencia, señorita Carrillo.
Al oír el ruido, Aldana levantó la vista y miró a la persona que tenía delante, entrecerrando ligeramente los ojos.
—¿Y tú quién eres?
—Yo… —Kiara no esperaba que Aldana no la recordara, y su enfado creció—. La señorita Carrillo sí que tiene memoria de pez.
—Ya me acuerdo de ti. —Aldana se detuvo y la miró con indiferencia—. En la fiesta de la familia Lucero, la que intentaba adular a la señora mayor y a la señora Brunilda, y acabó metiendo la pata hasta el fondo.
»Recuerdo tu metida de pata, no tu nombre, lo siento.

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