Sus miradas se cruzaron.
Vicente vio el rostro sonrojado de Clara.
Clara vio los ojos brillantes de Vicente.
¿Borracho? ¿Estaba fingiendo?
Como si la mirada asesina de Clara le hubiera salpicado, Vicente retrocedió un paso.
—Haz de cuenta que no dije nada. Estar desnudo también está bien.
¡Qué descaro!
Clara, rodeada de un aura oscura, irrumpió en el vestidor y sacó una toalla de baño.
Cuando salió, la puerta del baño se abrió y Vicente estiró la mano para arrebatarle la toalla.
Todo el movimiento fue fluido y natural, como si lo hubieran ensayado innumerables veces en los últimos cinco años.
Clara se quedó atónita por un segundo.
La puerta se abrió de nuevo y Vicente salió con el torso desnudo, llevando la toalla rosa atada a la cintura.
Pectorales marcados.
Toalla rosa.
Un abdomen definido.
Toalla rosa.
Cuando su mirada recayó de nuevo en la llamativa toalla rosa, Clara levantó el rostro rápidamente y señaló hacia la puerta.
—Ya terminaste de bañarte. Te puedes ir.
—Oh —respondió Vicente, sin mover un solo pie—. No tengo ropa para ponerme.
¿Qué? Clara alzó la vista.
Vicente la miró fijamente a los ojos.
—No tengo ropa de casa, no tengo pantalones cortos, y tampoco... tengo ropa interior.
¿Y qué quería decir con eso? ¿Acaso no fue él quien empacó todo y no dejó ni una toalla cuando se mudó? ¿De qué se estaba quejando ahora?
Apenas ese pensamiento cruzó por su mente, Clara empujó bruscamente a Vicente y miró detrás de él.
En el lavabo solo había un vaso para enjuagarse.
Y dentro del vaso, un solo cepillo de dientes.
Entonces, esa boca llena de espuma de hace un momento era...
—¡Usé el tuyo! —viendo la expresión atónita de Clara, era fácil adivinar lo que estaba pensando. Vicente habló con toda la tranquilidad del mundo—. No te importa, ¿verdad?
—¡Por supu...! —Claro que le importaba.
—Nos hemos besado innumerables veces, compartir el cepillo de dientes una vez no es para tanto.
¡Pum!
El rostro de Clara, que ya estaba acalorado, estalló en llamas.
Finalmente, Clara confirmó que Vicente sí estaba borracho. Si estuviera sobrio, jamás habría dicho algo tan descarado.
—Tú... acuéstate a descansar... —el aire parecía escasear, y Clara sintió que no podía quedarse ahí ni un segundo más—. Mañana por la mañana le diré a Julián que te traiga tu ropa...
Sintiendo una ráfaga de calor acercándose, Clara aceleró el paso.
Pero los pasos del hombre fueron más rápidos.
¡Bam!
La puerta se cerró justo frente a su nariz.

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