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LA VILLANA QUE HUYÓ DE SU FINAL romance Capítulo 53

—Señora Gabriela...

La voz de Vicente sonó fría y profunda.

A través del altavoz, casi se podía vislumbrar su rostro, siempre severo e imponente.

La mano de Gabriela se quedó en el aire, sin atreverse a dar la bofetada.

Cuando se unió a Tomás Velasco, Wilfredo tenía cuatro años y Vicente dos.

Un niño tan pequeño, con un par de ojos oscuros que parecían estar hechos de puro hielo.

Con solo una mirada, Gabriela había sentido un escalofrío y tuvo que apartar la vista.

Ser madrastra no era fácil, pero en la familia Velasco nadie la obligó a ejercer ese rol.

Los hermanos Wilfredo y Vicente fueron criados desde pequeños en la casa de sus abuelos.

Durante todos estos años, habían mantenido su distancia, sin cruzarse en el camino del otro.

No esperaba que, por culpa de Clara, Vicente se enfureciera de esa manera.

Gabriela sintió que Clara le estaba pisoteando el orgullo contra el suelo.

Fulminó a Clara con la mirada.

La voz profunda de Vicente resonó en la sala:

—Clara es la madre biológica de los niños. A menos que ella esté de acuerdo, absolutamente nadie puede alejarlos de su lado.

—Esta es la voluntad de tu padre. ¿Tampoco vas a escuchar sus palabras?

—Ah... —una risa fría y cortante se escuchó al otro lado—. Hugo Velasco ya tiene veintiséis años, e incluso Jazmín ya tiene veinte... De todos los hijos de la familia Velasco, ¿a cuál ha criado alguna vez? ¿Su voluntad? ¿Acaso él manda en algo?

Gabriela siempre había sabido que Tomás no tenía mucha autoridad.

Pero esta era la primera vez que Vicente dejaba tan claro que su padre no tenía la última palabra.

Gabriela temblaba de furia.

—¡Bien, bien, bien...! ¡Estas palabras, díganlas ustedes dos padre e hijo cara a cara! ¡A mí ya me cansó este asunto!

Se dio la vuelta para marcharse, pero al llegar a la puerta del ascensor recordó que no había tomado su bolso.

Gabriela regresó a zancadas, agarró el bolso y salió caminando a toda prisa, con el sonido de sus tacones resonando contra el suelo.

En un abrir y cerrar de ojos, había desaparecido.

¡Bip!

La llamada terminó y la sala quedó en absoluto silencio.

La señora Lana miró a Clara, con el rostro lleno de cautela.

—Señora, no es que quisiera ayudar a su suegra. Es que, de verdad...

Por un lado estaba Gabriela.

Por el otro estaba Clara.

Ambas eran figuras de autoridad para ellos, y no podían darse el lujo de ofender a ninguna.

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