El oficial de la estación llegó primero.
Luego, el sonido de las patrullas resonó por todo el lugar.
Clara abrazaba con todas sus fuerzas a su pequeña recuperada, con el rostro bañado en lágrimas.
Vicente la miraba con una expresión indescifrable.
Luego, bajó la vista hacia lo que ella sostenía en sus brazos.
Su hija, que siempre había parecido una muñeca preciosa con su corte de princesa perfecto, ahora tenía la cabeza trasquilada. Le habían cortado el cabello de forma grotesca; a simple vista, era imposible reconocerla.
Verla inconsciente por la dosis de somníferos le partía el corazón en mil pedazos.
Por poco...
Un minuto más, y ese autobús habría desaparecido en la oscuridad de la noche, saliendo de la ciudad.
Si el secuestrador no hubiera sido una anciana, sino alguien más ágil, el bloqueo de la terminal habría desatado el pánico, y el criminal habría huido fácilmente entre la confusión con su hija en brazos.
¿A dónde habrían ido a parar?
Si no lograban salir de la ciudad, ¿qué le habrían hecho a la niña?
Las palmas de las manos de Vicente estaban heladas.
—Ya, no llores más. Tenemos que llevarla al hospital para que la revisen.
Vicente se acercó y, con el pulgar, limpió las lágrimas del rostro de Clara.
El olor a pino frío del hombre la envolvió, y la zona de su mejilla rozada por sus dedos se calentó y enrojeció de repente.
Clara se quedó paralizada.
Vicente tomó a Silvia en sus brazos.
Sosteniendo a la niña con un brazo y rodeando a Clara con el otro, caminaron hacia el Maybach estacionado a unos pasos.
Detrás de ellos, la mirada de Paulina se afiló por un instante.
¿Acaso Clara, esa estúpida mujer, había despertado de repente de su estupidez?
¿Alguien le estaba dando consejos?
¿O... era tan patética que hasta el cielo había decidido darle una mano?
La clínica privada estaba en completo silencio a esas horas de la madrugada.
El doctor le hizo una revisión completa a Silvia. Afortunadamente, salvo la sobredosis de somníferos y el desastroso corte de cabello, no había sufrido ningún otro daño.
—¡Gracias, doctor Luna!
Tras despedir al doctor, Vicente regresó a la habitación. Al empujar la puerta, se detuvo en seco.
Después de correr toda la noche, Clara tenía el rostro sucio y el cabello hecho un desastre.
La misma mujer obsesionada con la limpieza, que jamás se iría a la cama sin antes cumplir con su meticulosa rutina de belleza, ahora dormía profundamente recostada en el borde de la camilla, sin importarle en absoluto su apariencia.
Y entre sus manos, sostenía con firmeza la manita de su hija.
Vicente frunció el ceño. Sentía que esta versión de Clara le resultaba completamente desconocida.


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