Para ir a tono con el tema de Disney de ese día, Clara había vestido a los dos pequeños con unos adorables conjuntos. Silvia llevaba un vestidito de LinaBell y Andrés una camisa muy genial de Nick Wilde.
Ella misma había optado por un vestido blanco, perfecto para salir increíble en las fotos.
La tela de seda del vestido resbaló por sus hombros, quedando a medio caer, apenas sostenida por los brazos de Vicente.
La respiración del hombre contra su pecho era pesada y ardiente.
Clara sentía tantas ganas de llorar de la pura vergüenza.
Ese hombre ya no tenía absolutamente nada del impecable y distante presidente de empresa que siempre aparentaba ser.
Ni mucho menos el tono frío y profesional con el que le había hablado por teléfono horas antes.
El Vicente de este momento mostraba una faceta completamente opuesta.
Era un completo atrevido.
Aun sabiendo que ella no quería cooperar, él se negaba deliberadamente a llevarla a la cama.
Para colmo, con el avión sacudiéndose en medio del despegue, a Clara no le quedó de otra que aferrarse a sus hombros para no caer.
Por la pequeña ventana se podían ver las estrellas brillantes.
Y dentro, sus respiraciones se enredaban en la penumbra.
Allí donde las manos del hombre tocaban, el calor se encendía como un reguero de pólvora.
A Clara casi se le cortaba la respiración.
Cuando un pequeño grito estuvo a punto de escapar de sus labios, Clara bajó la cabeza y le mordió el hombro.
—Ugh...
Al entrar a la cabina, el hombre no había tenido siquiera tiempo de encender la luz, siguiéndola de inmediato en la oscuridad.
A la débil luz de las estrellas, no podía ver si Vicente la estaba fulminando con la mirada por haberlo mordido.
Pero Clara podía sentir claramente que él la observaba.
Justo un segundo antes de que la incomodidad se instalara entre ellos, el beso del hombre se volvió repentinamente tierno.
Vicente tomó su mano y la colocó sobre su camisa.
Incluso a través de la fina tela, Clara podía sentir la tensión firme y delineada de sus músculos.
La respiración ardiente de Vicente rozó su oído.
—Esposa, los chicos guapos de internet se miran pero no se tocan. Con tu propio esposo, ¡no tienes que ser tímida!
¡Dios mío!
Clara casi grita del asombro.
Sintió que la espalda se le convertía en gelatina, y se dejó caer de espaldas sobre la cama.
El abdomen perfectamente marcado desapareció de sus manos.
Y la mano cálida que le sostenía con firmeza la cintura también se alejó.
Las sombras se movieron. Antes de que Clara pudiera acostumbrar sus ojos a la oscuridad, el hombre se inclinó sobre ella, apoyando una rodilla en el colchón.
—¡Vicente, no!
Al sentir la amenaza acercarse, Clara se puso increíblemente nerviosa.

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