—Vi...
Apenas Paulina cruzó las puertas del salón principal, una sombra oscureció su visión y alguien bloqueó su camino.
Al enfocar la mirada, esbozó una sonrisa cortés.
—Fabián...
Ambos habían sido compañeros en la misma generación de la Universidad de Valle Dorado, y de todos, el más astuto y sociable siempre fue Fabián, el antiguo presidente del consejo estudiantil.
Los chicos lo llamaban viejo amigo.
Las chicas lo llamaban con respeto.
Aunque habían pasado muchos años desde entonces, los vínculos forjados en la universidad no se comparaban con ninguna otra relación.
A sus espaldas se escuchó un suave sonido y las puertas del ascensor se cerraron.
Fabián retiró el brazo con el que le había bloqueado el paso, mostrando una sonrisa amable.
—Paulina, sea lo que sea que intentes hacer, hoy, ¡no sucederá!
Con esa sola frase, la sonrisa de Paulina se desvaneció por completo.
—¿Qué quieres decir?
—Esta comida, esta reunión... la organicé yo. Yo reservé el restaurante y yo me encargué de las habitaciones del hotel. —Fabián miró de reojo a un par de excompañeras que charlaban animadamente en los sillones del restaurante y bajó el tono de voz—. No me interesa lo que pasó entre Vicente y tú en el pasado. Pero, sea lo que sea que planees, no voy a permitir que lo hagas en un evento organizado por mí.
Como una chica rica criada en la capital, Paulina siempre había sido tratada entre algodones.
Era la primera vez en su vida que alguien le hablaba de manera tan directa y despiadada.
Aunque por dentro se sentía profundamente humillada, no dejó que se notara en su rostro. Forzó una ligera sonrisa.
—Fabián, no sé de qué me estás hablando. Solo iba a mi habitación a descansar.
—Ya veo... entonces mis disculpas. Supongo que fui yo el malpensado.
Calculando el tiempo, Vicente ya debía haber llegado a su habitación.
Fabián retiró la mano y presionó el botón del ascensor para ella.
—Las habitaciones de las damas están todas en el piso 66. Que descanses.
Las puertas se cerraron, ocultando el rostro falsamente sereno de Paulina.
Fabián soltó un bufido frío.
Durante toda la comida, los ojos cargados de deseo de esa mujer no se habían despegado de Vicente. ¿Acaso creía que él era ciego?
Cuando volvieran a la capital, que hiciera lo que le diera la gana.
Pero allí, en su evento, ¡no iba a permitírselo!
Mientras el ascensor descendía, Paulina marcó el número de Vicente.
—¿Hola?
Contestó rápidamente. Su voz grave y magnética llegó directo a sus oídos, haciéndola sentir como si él estuviera justo a su lado.
A Paulina le temblaron las piernas y tuvo que agarrarse de la barra del ascensor para no perder el equilibrio.
—Vicente, tomaste bastante hace un rato. Le pedí al servicio de habitaciones que te llevara una sopa para la resaca. Tómatela antes de dormir un rato.
El ascensor se detuvo en el piso 66. Paulina entró a su habitación y llamó de inmediato al restaurante.
—Por favor, envíen una sopa para la resaca a la habitación 6616. ¡Gracias!

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