Clara: [Vicente, Silvia no deja de tener fiebre alta, ni con medicamentos ni con inyecciones se le baja, ¡yo me regreso!]
Clara: [¡Perdón, no fue mi intención dejarte plantado!]
Dejando el celular a un lado, Clara miró por la ventana, viendo cómo pasaban los árboles y las luces. Poco a poco, su ansiedad empezó a calmarse.
Las luces altas de un coche que pasaba en dirección contraria la deslumbraron por un instante.
En ese preciso momento, Clara lo entendió.
¡Ese era el precio por no seguir el guion!
En la historia original, Vicente ya se había ido de la casa a estas alturas. Clara no sabía si él había viajado al Distrito Costero o no.
Pero lo que era seguro es que ella no lo había acompañado.
Primero, fue el accidente en el invernadero donde se lastimó la mano.
Ahora, era una fiebre altísima que no cedía.
¿Qué seguía después?
Clara no se atrevía a imaginárselo.
Tenía una sola cosa clara en la cabeza: tenía que conseguir ese acuerdo de divorcio lo más rápido posible.
En cuanto el coche se estacionó frente a la casa de vacaciones, Clara abrió la puerta y salió corriendo hacia el interior.
El fuerte olor a desinfectante la invadió de golpe. En la sala de estar, un grupo de médicos se puso de pie.
—Señora Velasco...
Clara corrió hacia la habitación infantil.
Parecía un horno.
Un cuerpecito tan pequeño emanando tanto calor que hacía que el ambiente se sintiera asfixiante.
—Mamá... —Silvia estaba acostada débilmente, rodeada por la angustiada señora Lana y la señora Tere por un lado, y por Andrés, que le sostenía la manita, por el otro.
La pequeña tenía las mejillas al rojo vivo. Al ver a Clara, hizo un pucherito y sus ojitos se llenaron de lágrimas.
Clara se quitó los guantes, los tiró a un lado y la tomó en brazos.
El cuerpo de la niña estaba tan caliente como una estufa. A Clara se le encogió el corazón y estuvo a punto de echarse a llorar.
—Tranquila, no pasa nada... ¿Te acuerdas del cuento que te leí sobre los guardias blancos? Ahora mismo los guardias blancos y los rojos están peleando muy duro para acabar con esas bacterias feas y hacer que te sientas mejor...
—¡Mamá está aquí, no tengas miedo!
Acariciándole la espalda, Clara caminó con ella por la habitación.
Después de un rato, los pequeños brazos que se aferraban a su cuello se relajaron suavemente.
Silvia se había quedado dormida.
Clara le indicó a la señora Lana que se llevara a Andrés a descansar. Luego, se quedó con la niña en brazos un poco más, hasta estar segura de que dormía profundamente, antes de recostarla en la cama con mucho cuidado.
El termómetro soltó un pitido.

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