Luego, al ver a Silvia, todo tuvo sentido.
En un instante, Selena ató cabos.
¿Acaso a Clara la están por echar a la calle los Velasco?
La respiración de Selena se aceleró.
Desde que se casó, Clara no había hecho más que causar problemas. Aunque no se sabía exactamente qué pensaba su poderoso esposo, era un hecho que la paciencia de la familia Velasco debía estar llegando a su límite.
En las revistas de chismes, cada vez que se mencionaba un inminente divorcio en la alta sociedad, todas las apuestas iban hacia Vicente y Clara.
Y ahora que el viejo amor de Vicente había regresado, el destino de Clara era más que obvio.
Se quedó sin salida, por eso vino corriendo a buscar refugio con la familia Soler.
—Hermana... —dijo Selena, con una actitud tranquila y una voz suave, sintiendo una inmensa satisfacción por haber adivinado la situación—. ¿Por qué no vino Andrés contigo?
Antes de salir esa mañana, la señora Lana le había mencionado a Clara que Vicente pasaría por el niño para llevarlo a almorzar a la casa familiar antigua.
Como Clara planeaba quedarse solo un rato con los Soler y luego Andrés tendría que irse con su padre, decidió no llevarlo.
Aunque no entendía por qué Selena parecía tan emocionada, Clara no estaba dispuesta a darle el gusto.
—¿Tanto te gustan los niños? —le respondió Clara con una sonrisa afilada—. ¡Pues cásate pronto y ten los tuyos!
¿Eh?
¿Qué?
Selena se quedó helada.
Ambas tenían veintiséis años. Clara ya tenía un niño y una niña, mientras que Selena seguía soltera.
Para los que no la conocían bien, era una mujer fuerte, independiente, dedicada a su carrera.
Pero los que sabían cómo funcionaban las cosas en su círculo rumoreaban a sus espaldas que no tenía vergüenza, que se aferraba a la fortuna de la familia Soler sin querer soltarla.
Selena había escuchado muchas cosas desagradables en su vida.
Pero jamás imaginó que esas palabras saldrían de la boca de Clara.
—Hermana... —dijo Selena, adoptando una expresión de víctima—. ¡No lo dije con esa intención!
—Entonces, ¿no estás viendo a la hermosa niña que tengo justo aquí enfrente?
Clara la miró con una sonrisa burlona, esperando a ver qué excusa barata inventaba.
Selena apretó los dientes, forzó una sonrisa dulce y se dirigió a la niña.
—Silvia, preciosa, ¿quieres que la tía te lleve al jardín a cazar mariposas?
—¡No quiero! —respondió Silvia de inmediato, corriendo a esconderse en los brazos de Yolanda—. ¡Yo quiero abrazar a mi abuela!
¡Ay, por Dios!

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