Clara durmió muy inquieta la noche anterior.
Aunque tenía los ojos cerrados, sus pestañas temblaban de vez en cuando; incluso a través de las cobijas se podía sentir la angustia de sus sueños.
Abrazarla no sirvió de nada.
Vicente intentó darle palmaditas suaves en la espalda, tal como ella hacía para arrullar a los niños, pero el efecto fue mínimo.
La sostuvo contra su pecho y susurró:
—Clara, estoy aquí.
Esa voz profunda pareció tener un efecto mágico, porque ella se calmó un poco.
Fue entonces cuando Vicente le contó la historia.
Con un destello oscuro cruzando su mirada, dijo como si nada:
—Es... la historia del caballero y la princesa. Esa misma que le contaste a Silvia.
La princesa fue secuestrada por el dragón, el caballero derrotó a la bestia, rescató a la princesa y recibió la recompensa del rey.
¿Eso era todo?
Clara no se lo creía del todo.
Pero el hombre tenía una expresión tan seria, con una actitud de que las cosas habían pasado exactamente así.
Clara suspiró, rindiéndose.
—Está bien.
Vicente se levantó de la cama.
—Vamos, cámbiate de ropa y salgamos a comer.
Clara se detuvo en seco.
En Residencial Los Olivos no había ropa suya.
De hecho, el camisón de seda color rosa empolvado que llevaba puesto era un misterio. Anoche no tuvo ánimos de preguntar, pero hace un rato, mientras se lavaba la cara frente al espejo, no paraba de preguntarse de dónde había salido.
Por muy cínico que fuera, Vicente no sería capaz de darle a usar un camisón que había comprado para Paulina, ¿verdad?
Al abrir la puerta del vestidor, Clara levantó la mirada y se quedó de piedra.
La última vez que estuvo allí, los armarios de ambos lados estaban llenos de ropa en tonos negro, blanco y gris.
Pero esta vez, era como si hubiera abierto el enorme vestidor de la Mansión de la Colina.
A su derecha, seguían los trajes grises y negros de Vicente.
A su izquierda, en más de diez metros de estantes, había una explosión de color: conjuntos de dos piezas, faldas y vestidos de cóctel de todos los tonos imaginables.
Incluso había varios vestidos de seda, elegantes y entallados.
Clara solo les echó un vistazo y desvió la mirada.
La ropa no tenía la culpa, pero, al menos por un buen tiempo, no quería volver a ponerse vestidos tan ajustados.
Vicente notó su reacción, sus ojos parpadearon levemente, pero al final decidió no decir nada.
Más bien parecía una humilde casa de campo. Al final de un muro irregular, había una pequeña puerta negra por la que apenas cabía una persona.
—¿Qué pasa? ¿Tienes miedo de que te venda?
Vicente bajó del auto, rodeó el capó y le abrió la puerta del copiloto, ofreciéndole la mano para ayudarla a bajar.
—Esta es la parte trasera de la montaña, y esa es la puerta de servicio... —Explicó señalando con la barbilla mientras la llevaba de la mano hacia adentro.
Al empujar la pequeña puerta, entraron a un patio cuadrado y modesto.
En el aire flotaba un aroma extrañamente familiar, mezclado con el olor a incienso del templo, creando una armonía peculiar.
Al entrar a la habitación del ala este y ver una larga mesa de estudio frente a la ventana, Clara se detuvo en seco, cayendo en cuenta de repente.
—¿Esta es tu habitación?
Vicente sonrió de medio lado.
—¿Lo notaste?
En el cuarto solo había una cama, una mesa y un pequeño escritorio. Era tan simple que rozaba lo austero.
Pero en el instante en que cruzó el umbral, Clara sintió la misma sensación de intimidad que tuvo la primera vez que entró a la habitación principal de Residencial Los Olivos.
—El zorro astuto tiene más de una madriguera —murmuró Clara en voz baja.
Vicente la escuchó. Se quedó en silencio por un momento antes de decir:
—Cuando era niño, cada mes de abril, mi abuela nos traía a mi hermano y a mí a vivir aquí durante un mes entero.

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