Si él quería hacerse del rogar, ella bajaría la guardia y le seguiría el juego.
A fin de cuentas, había sido ella quien lo rechazó y lastimó en el pasado, ¿no es así?
—Vicente, escuché que esta noche van a subastar un jarrón de porcelana esmaltada de la época imperial, estoy segura de que su abuela le encantaría, ¿vamos a echarle un vistazo?
El nombre de Vicente era una llave maestra. Si él lo deseaba, aunque la subasta no hubiera comenzado, podía ver cualquier artículo y reservarlo con antelación.
Paulina extendió la mano para tomarlo del brazo.
Pero antes de siquiera rozar su manga...
Vicente se dio la vuelta para saludar a un conocido que acababa de acercarse.
Clara salió de la sala privada y al levantar la vista, vio de inmediato a Vicente y a Paulina en el centro de todas las miradas.
Él llevaba un impecable traje oscuro, destacando majestuoso sobre los demás.
Paulina no se quedaba atrás.
Vestía un deslumbrante traje largo de color azul rey, luciendo radiante y sofisticada.
A la distancia, se veían como la pareja perfecta.
La gente se acercaba a saludarlos constantemente, y Paulina respondía con una sonrisa afable. Cualquiera que no los conociera, habría jurado que ella era la señora Velasco.
Clara, muy prudente, no se acercó.
Se limitó a observar el espectáculo desde lejos.
Pero Vicente la descubrió al instante.
—Disculpen un momento...
Con un leve asentimiento hacia el hombre que seguía hablando sin parar, Vicente se excusó, se acercó a Clara y volvió a rodearle la cintura con la naturalidad de siempre.
—Sé que tu esposo es muy guapo, pero en público, ¿podrías disimular un poco? ¡Cuando lleguemos a casa podrás mirarme todo lo que quieras!
¿Qué?
Amigo, no creerás que te estaba espiando, ¿verdad?
Estuvo a punto de responder, pero se contuvo.
Clara lo pensó desde un punto de vista objetivo, y sí, la verdad es que parecía que lo estaba espiando.
Como excusarse solo empeoraría las cosas, le lanzó una mirada fulminante y le dio un pequeño empujón.
—¡Suéltame!
Clara siempre había sabido que Vicente era una persona muy calurosa.
Cada noche que dormían en la misma cama, ella trataba de apartarse lo más posible de él, e incluso así, era normal que se despertara a medianoche sudando por el calor que emanaba su cuerpo.
Pero jamás imaginó que el simple toque de su mano pudiera transmitirle tanta temperatura.
—¡No te suelto! —respondió él sin cambiar de expresión, inclinándose para susurrarle al oído como si le contara un secreto—. Mira a tus dos en punto.
Clara giró la cabeza justo a tiempo para que la luz de un flash la cegara momentáneamente.

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