—Señor Velasco... —Yolanda bajó por las escaleras—. ¿A qué se debe su visita a estas horas?
Señor Velasco.
En el pasado, cada vez que se veían, ella lo recibía con una sonrisa radiante y lo llamaba Vicente.
Él no sabía si Clara ya le había contado a la familia Soler sobre el divorcio, ni mucho menos cómo se los había dicho.
Vicente se adelantó.
—Clara necesita usar su antifaz para dormir todas las noches y olvidó empacarlo. Temía que no pudiera descansar bien, así que vine a traérselo.
Yolanda miró a Clara por el rabillo del ojo, notando el pequeño trozo de tela que sostenía en sus manos.
Sintió un nudo de emociones encontradas en el pecho.
Nunca en su vida, ni siquiera en chismes, había escuchado de un divorcio que se llevara a cabo de manera tan pacífica.
—¡Qué considerado de su parte, Señor Velasco! —respondió Yolanda, volviéndose hacia Clara—. Entremos.
—¡Ya me voy a dormir!
Clara se despidió de Vicente con un movimiento de mano, entrelazando su brazo con el de Yolanda mientras caminaban hacia el interior.
—Mamá, ¿qué vamos a desayunar mañana?
—¿Sopa casera? ¿O prefieres avena caliente? Le pedí a Elisa que preparara la masa, mañana haremos empanadas...
—¡Entonces quiero unas buenas empanadas!
—De acuerdo. En cuanto salgan del horno, le pediré a Silvia que suba a despertarte.
Olvidó dónde había leído esa frase, pero decía que para saber si alguien te amaba de verdad, no debías escuchar cuántas cosas importantes te decía, sino cuántas tonterías estaba dispuesto a compartir contigo.
Él nunca había hablado de tonterías con Clara.
Y Clara tampoco con él.
Esa conversación tranquila, sin gritos ni peleas, fluida y casual, como la que tuvieron esa mañana en el auto, parecía ser la primera en más de cinco años.
Vicente dio media vuelta y se marchó.
Al llegar a casa, notó que la luz de la habitación infantil en el segundo piso seguía encendida.
Subió las escaleras y encontró a Andrés sentado en la alfombra, armando un set de Lego. La enorme caja que habían abierto apenas ayer ya empezaba a tomar forma. No sabía cuántas horas llevaba el niño sentado ahí.
—Andrés, ya es hora de dormir... —murmuró Vicente, acercándose para acariciarle la cabeza.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: LA VILLANA QUE HUYÓ DE SU FINAL