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LA VILLANA QUE HUYÓ DE SU FINAL romance Capítulo 100

Yolanda entendió al instante.

—¡Mamá ya lo tiene muy claro!

Al ver a Yolanda en plena reflexión, seguramente revisando en su cabeza el catálogo de los mejores solteros de la ciudad, Clara se dedicó a seguir comiendo su sandía sin preocupaciones.

¡Toc, toc!

Llamaron a la puerta de cristal de la terraza.

Clara volteó.

La empleada Elisa, con su carita redonda, abrió la puerta.

—¡Señorita, acaba de llegar el señor Velasco! ¡Dice que tiene algo de qué hablar con usted!

¿Qué? Clara pudo ver en el rostro de su madre la misma expresión de asombro que seguramente tenía ella.

—¿Y no te dijo de qué quería hablar?

—No... ¡Y la verdad no me atreví a preguntarle, señorita! El señor Velasco tenía una cara tan larga como esto... —Elisa separó las manos, haciendo un gesto exagerado—. ¡Casi me muero del susto! Ni loca iba a decirle una sola palabra. Mejor vine corriendo a avisarle.

Clara se quedó sin palabras...

Se miró a sí misma: llevaba puesto un pijama de dos piezas. Aunque no era ropa muy formal para recibir visitas, Vicente ya la había visto haciendo berrinches como loca, así que esto solo podía considerarse informal, y definitivamente no se veía mal.

Sin molestarse siquiera en cambiarse de ropa, Clara salió arrastrando las pantuflas.

El Maybach estaba estacionado afuera de la casa, debajo de unos árboles.

Bajo la luz de la luna, el hombre recargado en la puerta del coche con las manos en los bolsillos se veía imponente.

Bajo la luz amarilla de la calle no podía ver su rostro con claridad.

Pero se sentía el aire frío que lo rodeaba.

Definitivamente estaba de mal humor.

—Vicente, ¿qué sucede?

El gran portón metálico se abrió lentamente.

Clara se deslizó por el espacio y caminó hasta quedar frente a él.

Una suave brisa acarició su rostro, trayendo consigo un leve aroma a sandía.

Con su pijama de muñequitos y un chongo desenfadado, Clara había llegado hasta él dando saltitos como si fuera un conejito.

Vicente sintió que debía estar loco.

Ni siquiera sabía por qué demonios había ido hasta allí.

En medio del silencio, Vicente se dio la vuelta, tomó una pequeña bolsa del asiento del copiloto y se la entregó a Clara.

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